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Otra lección de Bauzá – Por Juan Manuel Bethencourt

   

Lejos de cualquier contención en el debate, el presidente de Baleares, José Ramón Bauzá, se ha empeñado en exhibir las vergüenzas de su compañero de partido José Manuel Soria, ministro de Industria y principal impulsor de los proyectos privados para extraer hidrocarburos en aguas cercanas a Baleares y Canarias. Desde luego, ya nadie en el PP puede acusar a nuestro Gobierno autonómico de extremismo sobre el debate petrolero, pues el principal agitador lo tienen en su propia casa. El Parlamento balear aprobó hace días, por unanimidad, una propuesta del PSOE en la que se insta al Gobierno central a modificar la Ley de Hidrocarburos de 1998, una normativa de rango estatal, en el sentido de, se afirma literalmente, “prohibir todos aquellos proyectos de investigación, exploración, prospección o explotación de hidrocarburos en el mar que puedan afectar a espacios protegidos o a zonas especialmente turísticas”. Es un camino ingenioso, sin duda, al poner el acento en la difícil convivencia entre las actividades turísticas y la extracción de petróleo o gas natural en su zona circundante.

Y aquí hablamos, claramente, de una cuestión de competencias concurrentes, porque si la Administración del Estado defiende su título habilitante para autorizar permisos de extracción vía legislación sectorial -es decir, la citada Ley de Hidrocarburos-, en el caso del turismo entramos claramente en el ámbito competencial autonómico. Y, claro está, lo que vale para Baleares tiene que servir también para Canarias, algo que el PP de esta tierra, por desgracia, sigue sin tener claro, por más que tan importante sea la actividad turística en Fuerteventura como en Ibiza, por citar dos ejemplos bastante obvios. La línea de defensa del PP canario, llegado este punto, deviene en un auténtico insulto a la inteligencia, al considerar que el Mediterráneo es distinto al Atlántico, y que por tanto es posible autorizar en Canarias aquello que debe estar prohibido en Baleares. Los vertidos de crudo, cuando se dan, vertidos son, y sus efectos son igual de dañinos y duraderos. No es preciso recordar la sucesión de mareas negras acaecidas durante décadas para comprobar que no hay distinción entre mares interiores u océanos. Los conservadores canarios deben haber olvidado que un caso tan grabado a fuego en la memoria del ciudadano como fue el hundimiento del Prestige, en 2002, se produjo en mar abierto, y aun así sus consecuencias fueron catastróficas para la costa gallega. Fue Mariano Rajoy quien definió aquello como “hilillos de plastilina”, una trivialización comparable a las recientes homilías del PP canario en defensa de lo indefendible. Ya es curioso que tenga que ser otro presidente autonómico el encargado de llamar a las cosas por su nombre. Aquí no se atreven.
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@JMBethencourt