X
tribuna alta > Antonio Alarcó

Padre Anchieta, el primer santo de 2014 – Por Antonio Alarcó

   

Pocas veces en la vida tenemos la oportunidad de ser partícipes de un momento histórico como del que hemos sido testigos el pasado jueves en la Iglesia de San Ignacio en Roma donde su Santidad el Papa Francisco ofició la misa de Acción de Gracias por la canonización del canario y tinerfeño Padre Anchieta. Formamos parte de la comisión oficial que estuvo encabezada por el ministro canario José Manuel Soria, y la diputada nacional Águeda Fumero.

Un reconocimiento público para el primer santo del 2014, y el segundo de Canarias, tras San Hermano Pedro, que fue elevado a los altares por un fórmula que se conoce como canonización equivalente y que consiste en que con la firma de un decreto se reconoce la santidad de la persona sin necesidad de una ceremonia oficial y sin que haya testimonio de algún milagro. Aunque leyendo las reacciones que ha suscitado esta canonización parece que no hace falta. “El padre Anchieta es un ejemplo para los católicos y para todas las personas de buena voluntad”, afirmó el gobernador de Sao Paulo, Geraldo Alckmin.

El alcalde de la ciudad, Fernando Haddad, en una misa celebrada en su honor cuando se conoció la noticia, destacó su labor evangelizadora y humanitaria así como el legado de cultura y de respeto a la diversidad y ética. Tampoco nos queremos olvidar de las grandes palabras que le dedicó el hoy Santo Juan Pablo II, el 22 de junio de 1980 cuando procedió a su beatificación. De él dijo que “la oración continua, la mortificación constante, la caridad ferviente, la bondad paternal, la unión íntima con Dios, la devoción filial a la Virgen Santísima -a quien dedica un largo poema de elegantes versos latinos- dan a este gran hijo de San Ignacio una fuerza sobrehumana, especialmente cuando debe defender contra las injusticias de los colonizadores a sus hermanos los indígenas. Para ellos compone un catecismo, adaptado a su mentalidad, que contribuye grandemente a su cristianización”. Nadie puede dudar, por tanto, de que se ha hecho justicia con este lagunero nacido en 1534, que desde muy joven supo que su vocación era ser misionero y para ello ingresó en la Compañía de Jesús en 1550, para tres años más tarde emprender un viaje a Brasil y comenzar su labor jesuítica y evangelizadora. Que haya sido apodado Apóstol de Brasil da buena cuenta del gran trabajo que allí realizó, que no sólo consistió en la evangelización de los aborígenes y mestizos, sino que destacó por la ardua defensa de sus derechos y su labor humanitaria. De hecho, aprendió rápidamente la lengua tupí, preparó la primera gramática de la lengua indígena y confeccionó un catecismo a su medida. Sus 44 años de misión en este país dieron para mucho, no en vano fundó el colegio de San Pablo, que acabó transformándose en la ciudad más poblada del País, Sao Paulo, además de participar en la creación de numerosas aldeas indígenas. Buena prueba de ello es que son innumerables las calles, colegios, plazas, e incluso localidades que llevan su nombre.
Como lagunero, tinerfeño y español no podemos sentirnos más orgullosos de esta canonización y de este justo reconocimiento a una persona que ofreció su vida para entregársela a Dios y ayudar a los demás, independientemente de que fueran católicos o no. En definitiva, practicó lo que nosotros denominamos humanismo activo, que es una constante en nuestro comportamiento. Ahí radica su verdadera santidad.

Estamos seguros que, a partir de ahora, los 9 de junio cobrarán una importancia mayor si cabe pues ya no sólo celebraremos el culto a nuestro Beato José de Anchieta. Ahora, todo el mundo católico podrá conocer y festejar el día de un Santo que hizo del diálogo entre la fe y la cultura, la promoción de una sociedad más justa y la espiritualidad sus señas de identidad.

alarco@tenerife.es
@aalarcoblog
www.facebook.com/antonio.alarco.9