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Pedro Marrero – Por Juan Manuel Bethencourt

   

Fue un placer asistir, el pasado sábado a mediodía, al homenaje que la Comisión Cultural y Deportiva Aguere brindó a Pedro Marrero Dorta, quizá el atleta tinerfeño más longevo. Con 84 años bien llevados, el fondista lagunero de cabellos blancos, también conocido como Pedro el de los caramelos, conserva toda su agilidad mental, así como un ánimo excelente, el suficiente para ponerse a bailar con las chicas de Los Joroperos, que sorprendieron con su visita para llenar de ritmo la Casa Viña Norte. Una pléyade de atletas veteranos se dio cita para rendir tributo al que definieron como su hermano mayor, uno de los tipos que abrió brecha en esto del cross, las medias maratones y las carreras populares. Hoy el running es capaz de congregar a multitudes, y prácticamente no hay fin de semana en el que no haya una convocatoria atlética en Tenerife, siempre con magnífica respuesta a cargo de los miles de jóvenes y menos jóvenes que han hecho de la carrera continua un hábito saludable e incluso necesario. Esto no era así hace cincuenta años, cuando pruebas equivalentes congregaban a unas cuantas decenas de atrevidos. Los asistentes al convite del pasado fin de semana eran, en ese sentido, unos pioneros, y contribuyeron decisivamente a todo lo que ha venido después, pues en aquellas carreras de hace décadas la organización, pese a la carestía de medios, se ponía el listón alto y trataba de crear afición no sólo mediante el ejemplo, sino también con la presencia de los que entonces eran ases del atletismo español: Mariano Haro, Fernando Cerrada, Carmen Valero, también una rareza ella misma, quién lo diría ahora que la presencia femenina en las carreras populares es simplemente masiva. Hay algo que, creo, distingue al atletismo dentro de esa escuela de la vida que es la práctica de cualquier especialidad deportiva. Porque tenemos deportes colectivos, que alimentan la camaradería, y también deportes individuales, que estimulan la disciplina personal. La práctica del atletismo se relaciona con ambos mundos, porque uno se esfuerza en solitario, pero en las tardes de entrenamiento también se crea comunidad. La pandilla de Pedro Marrero Dorta solía reunirse hace medio siglo en el Camino Largo, inicio y fin de sus entrenamientos habituales. Un día, por un azar cotidiano, se trasladaron al Camino de las Peras, y descubrieron que aquella zona resultaba agradecida para la especialidad. Hoy es uno de los espacios deportivos urbanos más solicitados de la Isla, concurrido a cualquier hora del día los siete días de la semana. Hay mucho que aprender de estos indómitos veteranos de nuestro atletismo, que además aún se mantienen en forma. Lo demostró el homenajeado el sábado con un vigor y una socarronería a prueba de bomba.