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El poder de la inercia – Por Félix Díaz Hernández

   

La inercia engloba, en apariencia, una serie de cualidades que tienen que ver con la lentitud, la carencia de un rumbo definido; casi es un automatismo mecánico que nos arrastra hacia adelante o el timón que guía nuestro rumbo y decisiones. También suele creerse que la inercia es reposo o quizás dejarse llevar. Aun admitiéndolo, defiendo que la inercia personal es, en sí misma, una decisión que en algún momento o por determinadas circunstancias adoptamos; por lo tanto en ese terreno se convertiría en un síntoma de movimiento, de actividad cerebral dentro de la anomia mundana de cada día. Al final la inercia se convierte en esa brisa intrascendente, insignificante, que sin darnos cuenta hincha el velamen de nuestra vida y nos empuja dando tumbos de puerto en puerto o de orilla en orilla. Leyendo en diagonal, en varios textos del ámbito de la psicología se resalta que ese estado podría ser fruto de la falta de objetivos, ante lo que me veo obligado a admitir que cuanto más leo, más dubitativo me siento al respecto de esa afirmación.

Sin embargo esa inercia, ya sea en reposo o en movimiento, si contiene un axioma certero; significa que nada cambia en el estado físico de un objeto. Y contra eso si me rebelaba hace algún tiempo; porque me resultaba increíble que nada cambiara o lo que es peor aún, algo que muchos estrategas de la sociopolítica y la economía descubrieron hace tiempo; que había que cambiarlo todo para que todo siguiera igual. Nos queda conminar al destino para que nos ofrezca un asidero al que lanzar nuestra maroma, amarrar el navío de nuestra vida, repostar víveres y emprender una nueva singladura hacia mar abierto.