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Puerta abiertas – Por Indra Kishinchand López

   

Perdona, ¿me puedes indicar la salida?

Era un hombre menudo; iba todo vestido de blanco, incluso le acompañaban las canas. Llevaba unas gafas acordes a su tamaño y a través de ellas miraba el mundo como si nunca hubiera estado en él.
-Siga todo recto. No hay pérdida. Al cruzar la puerta se encontrará con la plaza-le contesté.

Me agradeció la respuesta y continuó su camino. No pude evitar observarle durante un rato. Su vitalidad y su asombro resultaban contagiosos. Cuando decidí que era momento de dejar de seguirle se dio la vuelta y me miró fijamente, como si supiera que iba a estar allí, esperando. Me sonrió ampliamente y volvió hacia mí.

-Discúlpame otra vez, pero me gustaría pedirte otro favor. La verdad es que nunca he salido de la estación y me da un poco de miedo perderme. ¿Te importaría acompañarme durante un rato? He pensado que tal vez…

Obviamente, acepté la invitación. Quizás era eso lo que ansiaba, destapar su halo de misterio. A los pocos minutos me percaté de sus palabras: “Nunca he salido de la estación”. Intenté que no sonora como un interrogatorio y le rogué que me explicara aquella situación.

-Pues la verdad es que nunca he necesitado irme a ningún sitio. Estaba cómodo, aunque es verdad que vivía siempre con miedo a que pasara algo. Esa angustia nunca se iba. Decidí saltar al vacío, supongo. A veces el miedo nos bloquea.

-Pero, ¿cuál era su lugar?

-Aquel -y señaló un cartel que rezaba “Salida de emergencia”. Allí ya no había nadie.