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Puro dislate – Por Leopoldo Fernández

   

Resulta dramático que los estudiantes españoles de 15 años se encuentren por debajo de la media de sus compañeros de los 33 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en lo que se refiere a habilidades para la resolución de problemas cotidianos; es más, un 28,5% de ellos son incapaces de afrontar con éxito cuestiones elementales de su vida diaria, como interpretar una ruta en el mapa de carreteras o manejar aparatos electrónicos. No sólo figuramos a la cola de los grandes países -incluso de algunos de tipo medio y de inferior renta y poder adquisitivo que nosotros- en los rendimientos de las pruebas PISA sobre matemáticas, ciencias y comprensión lectora, según quedó acreditado en el informe de 2012; nuestro sistema educativo queda de nuevo en evidencia al analizar el comportamiento del alumnado ante asuntos que deberían ser de fácil asimilación pero en los que sin embargo, como destacan los especialistas de la OCDE, somos superados por jóvenes de otros países con acreditada y exitosa trayectoria educativa, como en el ejemplo admirable de Finlandia. Somos tan tercos y contumaces en nuestros propios y evidentes fracasos -caso de la Logse- que ni siquiera somos capaces de lo más elemental y fácil: copiar lo que otros hacen bien a la hora de obtener los mejores rendimientos escolares. Ya ni se sabe cuántos cambios de planes de estudios e introducción de nuevas materias llevamos realizados en los últimos cuarenta o cincuenta años. Pero algo hacemos mal o muy mal cuando seguimos basando el aprendizaje en la enseñanza memorística y relegamos a un segundo término la reflexión, la razón y la lógica. Por fallar, fallamos hasta en alfabetización básica, probablemente porque no la enfocamos con arreglo a las exigencias del tiempo presente. No basta con aprender a leer, sino que es preciso saber qué se puede hacer luego con lo aprendido. No basta con aprender el significado de las palabras; se requiere saber interpretar los textos, evaluarlos y analizarlos críticamente. No basta con aprender a leer; hay que leer para poder aprender y a hablar con una correcta utilización del vocabulario. Lo mismo cabe decir del mundo informático y digital, pese a los indudables esfuerzos de las autoridades. Mas la mejora del sistema educativo no es cuestión de dinero, sino de estructura, eficiencia y calidad. De colaboración estrecha entre todos los componentes del mundo educativo: gobiernos, profesores, padres y alumnos. Más la exigencia de una cultura del esfuerzo, mayor consideración social del profesor, con reconocimiento de su autoridad en el aula, y superior exigencia al alumnado. El fracaso escolar y el paro juvenil acreditan la invalidez del actual sistema.