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Rafael Maduro – Por Luis Ortega

   

Día a día, el lenguaraz Maduro se queda sin excusas para mantener un poder que le viene largo. Ya no le quedan pretextos maniqueos, oratoria de feriantes, sicarios comprados para reventar las protestas ciudadanas y torpes y crueles persecuciones a los disidentes que, pese a los treinta y nueve muertos, cientos de heridos y detenidos, se han triplicado en los dos últimos meses. La única baza del zafio mandatario es la fuerza, las fuerzas armadas, mimadas con bienes, dinero y servicios en medio de las terribles precariedades que vive el pueblo. Ya nadie con dos dedos de frente cree la invención de un régimen que mezcla, sin razón ni recato, las ideas aristocráticas y panamericanas de Bolívar y el marxismo caribeño que, hasta en la referencia cubana, hace aguas. El penúltimo golpe de efecto del transportista que, dicho sea de paso, no llega a la bota del propio Chávez, fue la detención de tres generales bajo imprecisas acusaciones en un estado sin garantías democráticas y, en coincidencia, con una declaración de lealtad de los militares -¿hasta cuándo? y ¿cuánto cuesta la adhesión?- y las baladronadas diarias que no tienen cabida en unos medios informativos férreamente controlados.

La estrategia del imitador del líder bolivariano empieza a hallar reticencias, cuando no abierta controversia con los que fueron hace poco aliados incondicionales y que ahora, ante los abusos del burdo gobernante, encuentran críticas y dificultades en sus relaciones exteriores porque, como dijo Andrés Eloy Blanco, “la complicidad con la tiranía siempre paga peaje”. Aconsejado por algún asesor fanático -por cierto, hay politólogos españoles, con amplio estómago, en esa nómina- ha sugerido la posibilidad de una conferencia de paz, pero esa alternativa choca contra la realidad de una violencia compartida por los agentes del orden -¿o del miedo?- y legiones armadas que defienden al estrambótico y cruel presidente de los permanentes e inventados complots – ha denunciado treinta en dos meses, o sea uno cada dos días – mientras las necesidades, la suspensión de derechos civiles, la ausencia de libertades y la violencia institucional revelan al mundo el fracaso del chavismo y de su cabeza visible y, a la vez, el simbólico y ridículo papel de los organismos internacionales ante atropellos tan graves y continuados. Ningún país, y menos la rica y cercana Venezuela, merecen tan largo castigo porque, si bien la corrupción de los partidos tradicionales merecía escarmiento, la solución -y ¡manda narices!- ha multiplicado el problema.