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El revés y el derecho – Por Juan Cruz y Juan Manuel Bethencourt

   

JUAN CRUZ

Fútbol y personas

A veces el fútbol, este negocio que desata la ilusión de tantas personas en todo el mundo, ofrece ocasiones para sentimientos puros, delicados, hondos. La muerte de Tito Vilanova ha producido en muchos corazones, barcelonistas o no, una enorme conmoción, querido amigo. Fue un hombre sensible, estuvo a la sombra de un gran entrenador, su amigo Pep Guardiola, y cuando éste, empujado o no, inició el camino de ida, asumió el cargo que entrañaba más riesgo entre todos los que un barcelonista puede tener: el de entrenar al equipo que ama. Poco a poco fue demostrando que él no era la copia, sino para del original, y puso al Barça en el lugar que había soñado junto a su compañero ahora fuera del equipo. Hasta que un día se le rompió la relación con la suerte y la mala ventura se presentó en forma de enfermedad terrible. El desenlace se supo el último viernes, cuando la tarde ya afilaba las luces de la noche. Lo he sentido mucho; soy barcelonista desde niño; cuando moría un jugador (pasó muy pronto, un joven madridista, Herrera) subrayaba en negro de tristeza esa desaparición rara, pues no es naturalmente habitual que los futbolistas mueran jóvenes. Luego murió, de un accidente que tardó en explicarse, un gran futbolista del Barça, Julio César Benítez. Y luego la vida nos fue enseñando que la muerte no perdona ni a jóvenes ni a viejos, y que todos somos hijos de esta naturaleza que comprende vida y muerte. La madurez es eso, saber que hay un final, que la vida no es eterna. Tito ha sido historia del Barça, un hombre decente y tranquilo, que se enfurecía por dentro y que mostraba su orgullo con una enorme dignidad. Había en él algo que juntaba ingenuidad y picardía; se decía que lo hizo Guardiola. Sabemos ya que se hicieron juntos, y los recordaremos juntos como arquitectos de un equipo tan raro como extraordinario. Viva Tito.

JUAN MANUEL BETHENCOURT

Un líder discreto

He sentido, creo que como todo el mundo, el fallecimiento de Tito Vilanova, la clase de noticia, querido Juan, que viene precedida de los más oscuros augurios, pues era conocida la agresividad del mal que se cebó en el cuerpo de este excelente y aún joven deportista, hasta el punto de forzarle a dejar en lo más alto el asimismo más alto honor que puede recibir un entrenador de la cantera del Barcelona: dirigir al primer equipo azulgrana. Vilanova será, para siempre, el técnico del Barça de los cien puntos, es decir, del equipo que mejores guarismos obtuvo en la Liga española. Lo logró a pesar de pasarse unos cuantos meses ausente, ya aquejado por la cruel dolencia que ha terminado por derrotarle. El equipo que heredó de Guardiola era también en parte obra suya, y Vilanova asumió el mando con sorprendente naturalidad; el aprecio de la plantilla se ve que ya lo tenía, pero aun así fue capaz de ganarse también el respeto de unos futbolistas millonarios y quizá hartos de tanta victoria. Ya se sabe que el rol de primer entrenador no es el mismo que el de técnico ayudante, de modo que esta clase de transiciones resultan particularmente dificultosas. Tito, desafiando los pronósticos, se hizo con el mando para seguir alargando la leyenda de un equipo que ahora sí parece señalar un cambio de ciclo, que se producirá en medio del luto que invade a la nave azulgrana y al fútbol español por entero. ¿Lo mejor de Vilanova? El encanto derivado de su serenidad. Tito era un monje que guardaba su pasión para los noventa minutos de partido. El resto del tiempo intentaba pasar desapercibido, un hecho que precisamente le distinguía en un oficio diseñado para el exhibicionismo de los grandes vanidosos del deporte. Otros técnicos, con mucha menor trayectoria, se sabe que caminan a medio metro del suelo y producen todo el ruido posible, seguramente porque no tienen nada que decir. Los silencios de Vilanova, el líder discreto, contribuyeron a extender la gloria de un equipo que habló sobre todo en el campo.