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La Revolución de los Claveles – Por Cecilio Urgoiti

   

Mañana viernes, 25 de abril se cumplirán cuarenta años de la llamada Revolución de los Claveles, en el cercano Portugal, con motivo del alzamiento de unos jóvenes militares que se habían cansado de la dictadura en la que les tenían envueltos. Todos aquellos acontecimientos los vivimos con mucha expectación. Cinco meses antes Carrero Blanco había sido catapultado al cielo en un coche de más de cuatro toneladas, por medio de un atentado en la calle Claudio Cuello de Madrid. En la época se le atribuyo a ETA, hoy por lo visto y, según rumores, también intervino el servicio de inteligencia yanqui. Pero a lo que vamos, la Revolución de los Claveles marcó un hito en la tendencia democratizadora de los países del sur de Europa en los años 70 del pasado siglo. Se le atribuye ese nombre como consecuencia del gesto de una señora empleada de un restaurante que en vez de un cigarrillo que no tenía, regaló un clavel a un soldado que encontró en su camino de vuelta a casa.

Ese primer día de los militares en las calles de Lisboa, en un restaurante de la zona alta de la ciudad, se afanaban, tal como se había acordado el día antes, en adornarlo y poner en unos cubos unos claveles adquiridos con el fin de obsequiar a los clientes con uno de ellos, pues se cumplía año de su inauguración. Sobre el mediodía, viendo que las tropas continuaba en la calle, el propietario decide suspender la apertura y pide al personal que recojan todo y marchen a casa, la señora que se había hecho cargo de las flores. Le pregunta al dueño que hacer con ellas, a lo que el contesta con un “lléveselas”, algo que gustosamente hace la señora, sin saber que destino iba a darle. En el trayecto a su casa la señora se ve obligada a tener que pasar por donde se encuentran los tanques, el armamento pesado y los propios soldados. Uno de ellos, tal como dije anteriormente, le ruega un cigarrillo, algo que la señora no tenía, pero ella coge un clavel y se lo da. El hombre se lo agradece y lo pone en la boca del fusil y la buena mujer sigue repartiendo flores, en su recorrido de vuelta a casa. Ese fue el gesto, que dio nombre a la revolución de abril del 74, en la vecina Lusitania. Ese acto también sirvió para que el pueblo sacara de comer a los soldados y confraternizara, rompiendo así, el hielo y la tensión de la mañana. Fue una revolución sin sangre, de la que guardo un cercano recuerdo por las connotaciones que se vivían en nuestra patria.