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Ricardo Blázquez – Por Luis Ortega

   

El Domingo de Gloria es buen momento para recordar su vuelta a la presidencia de la Conferencia Episcopal, recién cumplidos los setenta y dos años. Con clara mayoría en única votación y prudencia sabia, habló de Francisco “don de Dios y de la Iglesia de los pobres”. Castellano pobre y pastor en su niñez, resistió a oponentes que le salieron sin buscarlos. Wojtyla no le perdonó que tumbara a su candidato y que, un simple obispo, dirigiera la CEE; pero el gallego que llevó la Archidiócesis madrileña se resarció en la siguiente elección y usó más la sanción que la piedad con gregarios que, tristemente, olvidan que el perdón es un valor evangélico. Recibido de uñas en Bilbao, “el tal Blázquez” aprendía euskera para servir a sus fieles pese a los ladridos de Arzallus; reparador de errores ajenos, Ratzinger lo nombró arzobispo de Valladolid y sus compañeros lo elevan a la cabeza de la jerarquía. Ahora, porque las actitudes humanas mudan, el cesante se quedó con airados incondicionales y la frustración de ver que otros, que “lo amaban o temían”, le dieron la espalda y apoyaron a su contrapuesto sucesor que, cristianamente, siempre cuidó las relaciones personales. Rouco Varela no merece más menciones porque, como epílogo de sus broncos modales, reiteró en La Almudena la teoría conspiratoria sobre el 11 de marzo de 2004, negada incluso por sus autores, y aludió con su inoportunidad típica, al tema guerracivilista en el funeral de Suárez que, como nadie, encarnó el espíritu de la concordia. Con la sinceridad de creyente, deseo que alcance el sosiego espiritual, tanta paz como descanso nos deja su celebrada marcha. Al abulense Antonio Ricardo Blázquez (1942) le aguarda una ruda tarea, pero ya probó su temple y sabe que tiene colegas enfrentados e identificados -pocos es verdad- ¡que apuestan por cuanto el Sumo Pontífice califica de accesorio y obsesivo!
-la libre elección sexual, el trato a los divorciados, por ejemplo- mientras condena explícitamente la pederastia y la codicia en la iglesia y prioriza el compromiso con los necesitados; abrir las rejas doctrinales a esta era; predicar con el ejemplo y ejercer el sacerdocio al margen de la política; es decir, todo lo contrario que el anterior responsable de la Conferencia y su anacrónico coro. Buscar enmienda o acomodo a los soterrados disidentes del rumbo papal entraña dificultades y, además, dar tiempo al tiempo. Según un conceptista, las familias reales, los nobles y los mitrados “son, por experiencia, más que por instrucción, quienes mejor entienden el refranero”. Recuerden aquel de “A rey muerto, rey puesto”, y esperen.