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Ruanda – Por Juan Carlos Acosta

   

Estos días se cumplen veinte años del inicio del genocidio de Ruanda, un acontecimiento espeluznante situado ya en un lugar prominente del inventario de los hechos más siniestros de la historia reciente de la Humanidad, junto al Holocausto. Algo más de medio siglo separan ambas tragedias, similares, en cuanto a la apertura de esa rendija irracional que es necesario vigilar estrechamente para que las nuevas generaciones asuman que nunca se cierra del todo, pero también muy distintas, dado que el último de esos episodios se desarrolló en medio de la más absoluta modernidad, con organizaciones multilaterales y sistemas de comunicación e información globalizados, como ocurrió con la última guerra de Los Balcanes, entre 1991 y 2001, con más de 200.000 víctimas mortales. En el país africano, en solo tres meses, entre abril y junio de 1994, unas 800.000 personas murieron masacradas en un escenario disparatado de rencores antiguos, avivados o tolerados por el desdén de los intereses de las metrópolis que, en el mejor de los casos, miraron hacia otra parte. Durante semanas millones de ruandeses huyeron en todas direcciones hacia las fronteras o confiaron en familiares, amigos y vecinos que en muchos casos les delataron y pusieron en manos de los verdugos. También las iglesias se convirtieron en trampas para miles de ciudadanos, generalmente católicos, que confiaron en que allí estarían protegidos y terminaron incinerados vivos por las milicias radicales, a veces con la colaboración de los propios sacerdotes y monjas.

Tampoco los que lograron escapar se libraron de otras muchas formas de persecución, que en el caso de las mujeres se saldó con violaciones masivas u otras aberraciones ignominiosas inflingidas como herramientas añadidas del terror. Los más afortunados llegaron a campos de refugiados abarrotados de miseria, como el de Goma, en la R.D. Congo, antigua Zaire. Machetes, palos, azadas y cuchillos fueron las armas más utilizadas en el multitudinario plan de exterminio que dejó calles, aldeas y carreteras bañadas de sangre, una muerte que sobrevoló el país jaleada por las ondas de una radio henchida de odio. Evito concientemente nombrar los clanes, que no etnias, de una nación agrícola y ganadera, y a los dirigentes de aquellas potencias que vetaron una intervención de la ONU que llegó finalmente demasiado tarde. Y porque, de una otra manera, la tragedia continúa en esa turbulenta región de los Grandes Lagos casi por los mismos factores que precipitaron el desastre de entonces: subdesarrollo, valiosos recursos naturales e intereses de un poder económico mundial deshumanizado que continúa descarrilando impunemente la justicia, la paz y la esperanza de los pueblos.