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Ruinas – Por Pedro Murillo

   

En Barcelona, existe un mercado de la plaza del barrio del Born. Se trata de la típica arquitectura modernista propia del siglo XIX con hierro colado y remaches. Como el barrio precisaba de un mercado y durante décadas había estado cerrado al público, el Ayuntamiento condal emprendió hace unos años su remodelación para habilitar nuevamente un lugar de encuentro de los vecinos. Sin embargo, cuando comenzaron los trabajaos se encontraron una sorpresa imprevista. Las columnas de hierro se hundían en unos cimientos muy especiales, los del barrio de pescadores primigenio del Born, un barrio que encima fue saqueado por las tropas de Felipe V en 1714. Ahora, para el enfado de algunos vecinos, el mercado del Born no es un mercado sino un parque temático dedicado a la resistencia barcelonesa a las tropas de los Augsburgo. Queda por saber hasta qué punto llega la sensibilidad del consistorio para con el patrimonio arquitectónico y su relación con una gigantesca manipulación de la historia, en este caso del periodo de la guerra de sucesión, para justificar el proceso político secesionista iniciado por Artur Mas.

En mitad de ese mercado, contemplando las ruinas reconstruidas resguardadas por una inmensa bandera catalana reflexiono en la torpeza inherente a otros nacionalismo como, por ejemplo el canario. Para empezar, nuestro patrimonio arqueológico se encuentra aún en muy mal estado tras décadas de expolio que han tenido que ser recuperados de forma ímproba por museos como el Arqueológico, el Canario y de la Naturaleza y el Hombre. La cueva de Bencomo, en el Vallle de La Orotava, se encuentra anegada de excrementos de cabra y la ladera de Martiánez, un filón arqueológico permanece huérfana y sucia. No. Este nacionalismo que padecemos en Canarias es más ramplón y de una superficialidad antológica. Desdeña cualquier atisbo de indigenismo teniéndolo como un referente más bien pintoresco y mantienen al ala más independentista del partido como un pin que a veces desluce con el color oportuno de la chaqueta. Un claro ejemplo es la propia televisión autonómica, en donde nuestros valores culturales están marcados por la tropicalización, los chistes malos, películas vomitivas y el fútbol. Ese sentimiento ombliguista que nos hace seguir siendo paletos y miopes hasta la meta final, disfrazándonos en romerías, peleándonos por autoridades seráficas, vistiendo santos hasta las lágrimas y la preside con por deportes de riesgo son algunas de las chorradas identitarias. Al final, bien mirado ya me gustaría poder tener un mercado del Born como base de un sentimiento nacionalista, al menos las ruinas me sugieren más que las cumbias, rancheras y claves de “jas”.