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Soledades – Por Indra Kishinchand López

   

Nunca me gustaron las segundas partes. En general, nunca me gustó nada que tardara más de un segundo en saberse. Siempre le he tenido cierta manía a ese afán de querer prolongar los sentimientos, como si con el paso de los años fueran a cambiar las cosas. Pero también reconozco esa capacidad humana y única de tropezar con la misma piedra durante todo un camino, hasta que se hace compañera de viaje indispensable. Es por eso que me gustaría desgranar la soledad, entender sus matices y sus circunstancias, preguntarme si tal vez soledad es igual a (in)felicidad y podemos intercambiar las letras según el día o el momento. Si la soledad no existiera nunca habríamos visto nacer páginas que hoy son alimento de muchas almas. Si la soledad no existiera hay muchos perdones que jamás se habrían pronunciado. Si la soledad no existiera nunca habríamos encontrado compañía.

Cuando nos conocimos, querida soledad, olvidaste decirme que, aunque separados, íbamos a estar juntos toda la vida. Fue entonces cuando obviaste algunos detalles, como que te convertirías en una droga; una vez desatado el primer paseo frente al mar o la primera lectura bajo el sol nadie podría detener aquella locura. Sin embargo, no puedo evitar agradecerte tu presencia, o tu ausencia, tu existencia, tus segundas partes. Soledad es igual a (in)felicidad.