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La tierra desnuda de Rafa Yanes – Por Francisco Pomares

   

Rafael Yanes, político, periodista y alcalde en excedencia, presentó ayer en Santa Cruz de Tenerife y anteayer en Güímar su última novela, La tierra que vive desnuda. Acompañado por cientos de amigos y lectores, Yanes ha dado su segundo paso en dirección a lo que apunta a ser una carrera literaria fecunda, basada en un talento fluido y sin estridencias, y en una sencillez de estilo que hibrida sin esfuerzo el realismo mágico de los mejores clásicos de la literatura hispanoamericana del siglo XX y una suerte de reencuentro con el fetasianismo primigenio, realizada, además, sin necesidad de ninguna declaración de intenciones.

Lo fetasiano aparece en la obra de Yanes ya en Chacayca, su primera y asombrosa novela, como un discurso subyacente, una visión de lo rural vivido y aprendido desde la infancia, y vuelve a aparecer en esta, donde el autor reinventa el valle de Güímar en los de Amogio y Chamoco, en sus gentes, en sus paisajes, en la crueldad de sus historias, y en un tiempo indefinido en el borde de los siglos XIX y XX. Creo que los fundadores de la corriente Fetasa -Isaac de Vega y Rafael Arozarena- habrían disfrutado lo suyo con la escritura impecable, precisa, económica y muy certera de Yanes, con su cercanía casi epidérmica a los hechos y los personajes. Y sobre todo, con algo no demasiado frecuente entre los autores canarios de esta concreta generación, que es la preocupación constante por los avatares y conflictos del espíritu humano. La novela rinde en su título homenaje a la visión de una tierra seca, desprovista de todos sus atributos vegetales. Una tierra descarnada, trasunto último de lo que es el paisaje del desierto más extremo, en el Sahara más allá de los mares, pero también una forma poética y durísima de enfrentarse a la conciencia de la propia e irremediable soledad del protagonista masculino -en una novela de mujeres protagonistas-, obsesionado con la belleza de la tierra que la vegetación cubre y oculta.

La novela de Rafael Yanes funciona así como un avance de otras novelas aún no escritas, y como una suerte de continuación no lineal de Chacayca, en la que el mundo del Sur se revuelve en tradiciones caciquiles, miserias y delirios de poder. Y en odio y amor y sexo (bastante) e ignorancia y destino.

Yanes ha escrito un nuevo clásico de nuestra literatura local, un libro que más que deudor, es pariente de Mararía, Fetasa, Nos dejaron el muerto o Cuchillo Criollo, por citar sólo alguno de sus
mejores y más directos precedentes.