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Ya no hay extraños – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Me ocurre lo mismo año tras año. Cuando acaban los días grandes de la Semana Santa me quedo con el regusto amargo de sospechar que, una vez más, he tenido que hacer tantas cosas que es posible que el tiempo de mayor calidad no se lo haya concedido a las que son verdaderamente importantes. Me explico. Con la perspectiva que dan los años, ahora hablo del Triduo Pascual como de un concierto de sentimientos, un cúmulo de experiencias interiores, de chispazos exteriores… De olores, de colores, de músicas y de silencios, de caminares y de asentamientos, de lamentos y de aleluyas. La Iglesia me invita a dejarme llevar por todo ello y, al mismo tiempo, hay que seguir viviendo y haciendo la compra. Por eso no me parece tan raro que me surja la duda sobre cómo he vivido estos días grandes. Para mí es importante porque, aunque es evidente que la experiencia de la fe se prolonga durante todo el año, estoy convencido que es de una sabiduría honda esto de haber organizado una semana en la que resumir las verdades fundamentales de nuestra fe. Es algo que le conviene a nuestro interior: un tiempo intenso para recordar, y para pasar de la memoria a la experiencia, y de la vivencia al deseo de llegar más lejos en el seguimiento de Cristo. Esto mismo que digo de mí lo afirmo también de las comunidades cristianas, que a partir de hoy deben estar evaluando no sólo cómo se desarrollaron los actos, sino si cada uno de ellos olía a Jesucristo o más bien transportaban a los fieles a los rancios olores de la arqueología de la fe que algunos tanto alimentan. No soy negativo ni aguafiestas. Quizá debiera haber más poesía en mi artículo de hoy, y no tanta reflexión sobre lo que podría haber sido. A fin de cuentas, hoy es Resurrección, el primer día del resto de los días. Pero es que mientras escribo esto oigo el chunga-chunga que sale de un bar y escucho también los etílicos gritos que acompañan a una noche de fiesta. Esta misma noche que yo llamo santa, y en la que recuerdo que la Iglesia existe para el mundo. Y es por eso que pienso que, sin masoquismos, habremos de estar atentos como personas y como comunidades a vivir y celebrar de tal manera que nuestro testimonio sea tan creíble, tan ilusionante y tan provocador como para despertar de su letargo a un mundo que, en gran parte, vive de espaldas a lo que creemos y nos llena de vida. Por eso no considero estrenar la Pascua preguntándome cómo creo y cómo vivo. De hecho, confío en que es un fruto del Dios de esta mañana recién amanecida, la primera de infinitas mañanas sin ocaso. “Quienquiera que persiga con amor humilde una parcela de verdad en su vida no es ya, en adelante, un extraño a Cristo”, leo de un texto del jesuita Joseph Huby. Él me reconcilia con la idea de seguir viviendo más semanas santas, buscando que mi corazón aprenda a latir al mismo ritmo que el de Dios, a quien he contemplado estos días perdiendo los papeles con tal de conseguir que todo hombre se sienta acunado en su proyecto. Porque nadie es ya un extraño.
@karmelojph