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Alejandro: “Más de una vez pensé en soltarme”

   
RESCATE BAJAMAR PARAPENTISTA

Alejandro pasó horas sujetado con las piernas y los brazos. / FRAN PALLERO

TINERFE FUMERO | Santa Cruz de Tenerife

Se llama Alejandro, tiene 49 años de edad, y en la tarde del pasado viernes pasó por la experiencia más angustiosa de su vida: estuvo tres horas y media colgado de unos cables de alta tensión sujetado por la fuerza de sus brazos y piernas. “Más de una vez pensé en que no aguantaba más y que caería”, recuerda al día siguiente durante el pequeño paseo que le permite dar un cuerpo plagado de hematomas y rozaduras, recuerdo de su titánico esfuerzo por la vida.

A diferencia de otros casos, el parapentista accidentado en la ladera de Punta del Hidalgo es un experimentado deportista que conocía perfectamente la zona, no en balde es vecino del lugar. “Me habré lanzado unas cincuenta veces por aquí; la tarde era ideal y el viento era el adecuado. Iba a una distancia prudencial pero el aire cambió de repente y me lanzó contra los cables; todo fue muy rápido”.

Cortarle los brazos

El golpe de viento que lo lanzó contra la ladera colocó a Alejandro en una situación de riesgo vital. “En principio, el parapente cayó a un lado y me quedé sujeto por mis brazos y mis piernas; con el paso del tiempo tenía que irme turnando porque se me dormían tanto que llegué a pensar que tendrían que cortármelos, era desesperante”, rememora el accidentado con angustia, que para aliviar su situación “solté un mosquetón para sujetarlo al cable, pero éste era demasiado ancho y no sirvió de nada”.

“Luego me aconsejaron abrir el paracaídas de emergencias y lanzarlo por el otro extremo y eso hice, pero seguía dependiendo de mis brazos y mis piernas: la verdad es que en más de una ocasión pensé en arrojar la toalla”, confiesa, emocionado, la víctima de este siniestro.

Pero Alejandro sacó fuerzas “del recuerdo de sus familiares”. “De la gente que desde abajo me apoyaba y me daba ánimo y, desde luego, del bombero que subió a la grúa y estuvo mucho tiempo hablándome y pendiente de mí; me ayudó mucho y le estoy muy agradecido”, apunta.

Lo cierto es que las horas iban pasando y los dolores fueron en aumento, con la angustia propia de quien presencia en primera persona y desde atalaya tan preocupante como se amontonan los servicios de emergencias en el lugar sin que llegue el ansiado rescate.

“Hasta cuando llegaba el bombero al fin con la grúa de la empresa Boni pensaba: ¿Y si me caigo ahora después de todo?”. Pero Alejandro soportó y hubo final feliz. “Le doy las gracias a todo el mundo: fue maravilloso el momento en que al fin toqué el suelo y me abracé a mis compañeros del parapente, la gente aplaudía y me felicitaba… Bomberos, sanitarios… Todos me trataron muy bien. Se tardó mucho pero supongo que ellos seguían el protocolo previsto para estos casos”, asegura.

Si bien tiene el alta médica, Alejandro está plagado de recuerdos de tanto esfuerzo, incluida “una contractura en una pierna, de tanto hacer fuerza para no caerme”. El deportista recuerda que es la víctima de un accidente: “Me gustaría decirle a la gente que yo no me lanzo en parapente para ver si me mato; lo hago a menudo y siempre con la mayor seguridad posible, pero es como si tienes un accidente de circulación o un atropello. Soy consciente de que hay gente que lo entiendo, pero también de otros que no”.

Desesperado a sesenta metros de altura

“Además de los dolores, lo más duro era ver desde allí arriba cómo todo parecía ir tan despacio: a veces sentía que no eran conscientes de que podía caerme en cualquier momento, y la verdad es que no me ayudaba mucho”. Alejandro, el parapentista que pasó tres horas y media de unos cables de alta tensión sujetado prácticamente a pulso durante gran parte del tiempo, recuerda los malos momentos vividos a sesenta metros de altura.

“La gente, el público que se congregó, me daba gritos de ánimo, y el bombero de la grúa estuvo muy bien, pero pienso si no hubiera sido mejor empezar desde el principio llamando a la grúa de la empresa Boni”, reflexiona el accidentado, en referencia a la pluma de cincuenta metros que finalmente facilitó el rescate. “Fue muy dura la fase del helicóptero dando vueltas y vueltas para luego nada, como también se me hizo eterno el tiempo que tardaron en cortar la luz o la desilusión de ver que la escala no llegaba… Yo me enteraba de todo”, se lamenta.