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Aquí hay tomate – Por Leopoldo Fernández

   

Como en la novela de García Márquez, la situación general y las expectativas del sector tomatero canario son la crónica de una muerte anunciada. Resulta incomprensible que uno de los cultivos más tradicionales de las Islas en unos pocos, muy pocos, años más, si Dios y Bruselas no lo remedian, va a pasar a la historia, siguiendo la inexorable ruta que antes transitaron el azúcar, el tabaco o la cochinilla. Si en la década de los años noventa del pasado siglo la producción de tomates alcanzó en el Archipiélago su máximo esplendor, con más de 3.000 hectáreas de plantío y 250.000 toneladas de producción, veintitantos años después el panorama se muestra desolador, ya que en la pasada zafra apenas se sembraron poco más de 900 hectáreas, en las que se recogieron unas 60.000 toneladas de este fruto de gran arraigo en Canarias. La debacle obedece a causas muy plurales, entre otras la política agrícola de la Unión Europea, que privilegia descaradamente a Marruecos pese a sus reiterados incumplimientos en cuotas, calendarios y calidades de la fruta; la competencia del Reino alauita y del tomate peninsular español; la puesta en producción de tomates en numerosos invernaderos franceses, holandeses y de otros países europeos; los aumentos de los costes de labranza; la llegada de virus y enfermares que afectan a este producto, uno de los más tradicionales -con el plátano, el pepino y las flores- de la agricultura isleña, etc. Con este panorama, el futuro de unas 20.000 familias que viven de las actividades en torno al tomate se presenta más que problemático, ante la indiferencia de las autoridades y los llantos de un sector cansado de recibir agravios comparativos en las ayudas oficiales y de tener que soportar inexplicables retrasos en el cobro de las primas al transporte que, pese a su escasez, son vitales para poder abordar la zafra de cada año. Nuestro emblemático sector primario, ganadería incluida, languidece sin remedio cuando debería ser potenciado a base de incentivos e imaginación creadora porque no sólo es perfectamente capaz de abastecer una parte de nuestro consumo interno, con la consiguiente creación de puestos de trabajo, sino que además debe seguir contribuyendo a preservar y enriquecer el paisaje, tan fundamental para complementar con su atractivo la oferta del sector turístico. Tanto el Gobierno central como el canario adeudan a los tomateros unos 40 millones de euros por distintos conceptos acordados desde 2010. No parecen de recibo las reservas de ambos ejecutivos a la hora de reconocer el incumplimiento de unos compromisos adquiridos, sobre todo las ayudas al transporte, cada vez más reducidas. Ya está bien de dar largas a un asunto que clama al cielo por su manifiesta injusticia.