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Aterrador – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Hace un par de domingos comentábamos la crispación y el enfrentamiento incesantes que presiden la vida política española, y decíamos que se manifiestan continuamente en todos los escenarios y con relación a todos los temas. El menor motivo dispara las hostilidades y profundiza las trincheras entre populares y socialistas, con sus respectivos aliados judiciales y mediáticos al lado. Y hasta con víctimas del terrorismo de uno y otro signo que se insultan, se vetan y luchan encarnizadamente entre sí.

Por si fuera poco, proliferan más de lo conveniente las tertulias, las columnas de opinión y otras expresiones mediáticas monocordes, o sea, absolutamente previsibles: pase lo que pase, ya se sabe que lo aprovecharán para denigrar o calumniar al bando contrario y para enaltecer al propio, aunque eso signifique tener que falsear los hechos o retorcer los argumentos. A mayor abundamiento, al haberse roto el consenso sobre las grandes cuestiones de Estado, estas cuestiones son la causa principal de lamentables desencuentros, que ponen en cuestión las mismas bases de la existencia de España y la pervivencia de la democracia española.

Las elecciones al Parlamento Europeo han sido siempre entre nosotros unas elecciones de perfil bajo y con una abstención muy elevada. Por desgracia, los ciudadanos no terminan de entender su indudable trascendencia para nuestro futuro y el papel fundamental de las instituciones europeas en nuestra vida colectiva, que, además, cada vez será mayor. En consecuencia, eran de esperar unas vísperas electorales y una campaña acordes con ese perfil bajo y sin grandes sobresaltos. Pero no ha sido así. Estamos en España y, como decimos, la crispación y el enfrentamiento por el enfrentamiento presiden nuestra dinámica partidista. Cualquier ocasión parece buena para declarar la guerra y lanzarse a la batalla.

Terminábamos nuestro comentario afirmando que lo que sí parece que tenemos asegurado los ciudadanos de este país son unas vísperas electorales y una campaña de crispación y de enfrentamiento por el enfrentamiento. Unas vísperas electorales españolas, en las que lo que menos importa son los programas y las propuestas; y en las que, felizmente, suele estar ausente -solo suele- la violencia y el enfrentamiento físico.

Pues bien, la trágica noticia de estos días ha sido el asesinato en la calle, cerca de su casa, de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León y del Partido Popular en la provincia. Ocupaba ese cargo desde 2004 y había formado parte del Gobierno de la Comunidad como consejera de Economía. En algún momento se la había relacionado con una malversación de fondos públicos. Recibió tres disparos a quemarropa y, al parecer, fue rematada con varios disparos más cuando ya se encontraba en el suelo. Por supuesto se trata de un hecho aislado que, además, no tiene nada que ver con la campaña electoral ni con los enfrentamientos partidistas, hasta el punto de que la presunta asesina y su presunta cómplice, madre e hija, son militantes del PP, y todos los indicios apuntan a que actuaron por venganza. La hija había sido despedida de su puesto de interina en la Diputación leonesa y acababa de perder un contencioso laboral, cuya sentencia, que había conocido hacia pocos días, la obliga a reintegrar unos montantes salariales indebidamente percibidos.

Por supuesto todo lo anterior. Sin embargo, estamos de acuerdo con Rita Barberá, la alcaldesa de Valencia, en que este asesinato se ha producido en un contexto de radicalidad y de violencia social, que se incrementa cada vez más en la sociedad española y que es necesario detener para recuperar nuestra capacidad de convivencia. Un contexto de insultos, acosos y agresiones a políticos y cargos públicos, a veces justificados y jaleados por un sector de los ciudadanos e incluso por ciertos jueces. Otro de los elementos de la Transición que se ha perdido y que, entre otras cosas, nos obliga a replantearnos la seguridad de nuestros representantes y gobernantes.

Lo definitivamente aterrador de este asunto, que le da la razón a la alcaldesa valenciana, ha sido el aluvión de mensajes ofensivos que se ha producido en las redes sociales tras la muerte de Isabel Carrasco, unos mensajes con comentarios que suponen, como poco, apología de la violencia e incitación al odio, y que han llevado al ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, a plantear la necesidad de cambios legales que impidan que estas barbaridades se publiquen en las redes sociales. Y, por si todavía fuera poco, en un sondeo digital de El Mundo en que se preguntaba a unos 18.000 lectores si estos mensajes incitadores a la violencia debían ser perseguidos, un tercio de los preguntados, unos 6.000, se pronunciaron en contra.

Hace poco comentaba con un grupo de alumnos las continuas averías de los aviones que trasladan al Rey, a otros miembros de la Familia Real y al presidente del Gobierno, fruto de la chapuza nacional. Unas averías que han obligado a cancelas o retrasar viajes oficiales al exterior, y que dañan la imagen internacional de España y ponen en grave riesgo la seguridad de esas personas. Una joven alumna comentó que a ver si sufrían un accidente y nos librábamos así de ellos. Lo dicho. El adjetivo sigue siendo “aterrador”.