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Cada vez que te busco – Por Jorge Bethencourt

   

La Laguna es una ciudad de música. Lo era. En algunos de sus bares escuché yo a Manuel Luis convertido en el Minuto contando la historia de un cantante que entre el público vio a la que fue su amante y le cantó, sin que nadie supiera, su amarga decepción y su triste espera. Y por alguna de sus calles metí mi torpe guitarra al servicio de un amigo para conquistar una ventana hostil. Fueron años de paso. De un tiempo que venía y otro que se iba.

De vino en vino discutían maotroskistas con leninistas, socialcristianos blanditos con guerreros de la ciclostil, canariones con chicharreros, chicas con anoraks azules de guata con rombos y tíos melenudos con botas camperas. En Artillería o en el Tamaduste o en el Brasilia se escuchaba de fondo la voz de Mercedes Sosa, Víctor Jara, Violeta Parra o Facundo Cabral.

Aunque nosotros teníamos las de Dacio y Manolo o Paco Feria que échale hilo a la cometa. Eran los años del puente que nos llevó de aquello a esto. De las macetas de luto y la luna en cualquier charco al patrimonio de la humanidad. Los guardias civiles llevaban tricornio, daban dentera y no hacían pruebas de alcoholemia a los conductores. Todavía no eran recaudadores de Hacienda.

El humo de los cigarrillos aún no molestaba a nadie en los bares nocturnos naufragados de sueños perdidos y quinieleros de suertes extrañas. Nadie había decidido salvarnos la vida prohibiéndonos fumar y a los rectores de Universidad se les quemaban los coches oficiales por la combustión espontánea de una botella de gasolina con una mecha.

Gente de todas las tendencias políticas hablaba de la libertad. De la democracia. Del derecho a elegir a nuestros representantes. Nos pasábamos los libros envueltos en papel de periódico para que nadie viera las portadas de autores prohibidos (aunque nadie nos hiciera ni puñetero caso), contábamos a quién había cogido la social y que nuevo pasma iba de estudiante camuflado.

Los recuerdos de aquellos días son fotos en blanco y negro. Con trenkas y barbas descuidadas. Con amigos que ya se fueron de la isla o de la vida. No todo fue bonito. Pero nunca, que yo recuerde, aquella gente se partió la cara por salir en una foto. Debe ser que ahora las fotos son en color.