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Censuras – Por Francisco Pomares

   

En los ratos que no anda desestabilizando Ucrania, el presidente vitalicio intermitente de Rusia, Vladímir Putin, ha tenido tiempo para aprobar un ukasse que prohíbe la utilización de tacos en cualquier actividad pública, y establece multas de 2.500 rublos para ciudadanos corrientes y molientes, 4.500 para responsables públicos y hasta 50.000 para empresas y personas jurídicas que toleren la malsonancia. La interpretación de lo que es un taco será realizada por un equipo de filólogos contratados para la censura del lenguaje. La ley desarrolla otra anterior, sobre el uso de palabras malsonantes, que le vino muy bien a Putin para cerrar Rosbat, la agencia de noticias más crítica con su gobierno, que cerró alegando que en las noticias se utilizaba un lenguaje poco elegante. Putin actualiza así la versión orwelliana del Ministerio de la Verdad el Mininver, que en su distopía 1984 es el responsable de establecer las normas del neohabla, una lengua diseñada específicamente para acabar con la crítica.

La ley Putin no es una anécdota trivial y divertida, ni mucho menos responde a una bienintencionada cruzada por recuperar los buenos modales y devolver el lenguaje coloquial a un espacio ajeno a la zafiedad y los insultos. Es un poderosísimo instrumento de censura previa sobre lo que se escribe, se publica, se filma, se difunde y se comunica. Establece mecanismos arbitrarios para decidir lo que se puede y no se puede decir, y confiere a los de la bata blanca -filólogos en este caso- la posibilidad de discernir lo que es obsceno y malsonante y lo que no lo es. En Rusia no podrá ya publicarse la obra de Miller o Bukowsky, ni la de Góngora o Quevedo, ni la de Casanova u Ovidio. Y en la tele sólo podrán poner películas de Disney y hagiografías de Pedro el Grande. Pero eso quizá sea lo de menos. Lo de más es que mientras dure esa ley, los rusos y quienes quieran publicar o crear o difundir su obra en Rusia deberán pensar en lo que dicen y cómo lo dicen. Porque el poder estará pendiente.

En Rusia -y aquí- la tentación de la censura es una demostración de la influencia del ideal autoritario. Porque la censura existe en todas partes. En Canarias no es el resultado de un ukasse presidencial, sino de concretas instrucciones y actuaciones de quienes gobiernan. Se censura en las dos televisiones públicas -la canaria y la española-, cerrando las puertas a los periodistas díscolos.

Se censura en los medios presionando con la publicidad institucional. Y hasta hay algún ministro que cree poder decidir qué libros se publican y cuáles no.