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Conchita Wurst – Por Luis Ortega

   

A balón pasado, recuerdo que la mujer barbuda trajo el segundo triunfo de Austria en Eurovisión (ganó por primera vez en 1966) y una encendida polémica sobre un festival que, con contadas excepciones, pone en liza cada año sentimientos, modas, filias y fobias y, desgraciadamente, muy pocos valores objetivos. En esos parámetros de frivolidad y estómago, se movió, como pez en el agua, un despachado travestido que se dio a conocer y alcanzó más fama como precoz estrella de magacines televisivos y performances rompedoras que como cantante.

A su modo y manera, es una alternativa pop a nuestra famosa Brígida del Río, la amantísima e hirsuta madre de familia que pintó José Ribera, el Españoleto. Fracasó hace dos años en su primer intento de participar en el certamen musical de las televisiones europeas pero, ahora, se resarció con creces. Y así fue como Thomas Neuwirth -nacido hace veinticinco años, siete de ellos dedicados a la farándula- dejó paso definitivo a Conchita Wurst, su alter ego desde 2011, entre los aplausos de la tolerante y solidaria Europa que, con práctica unanimidad, apostó por la diferencia y la transgresión. Cantante de buena escuela y registros de contratenor, proclamó su historia e ilusiones en el tema elegido y desató corrientes de simpatía y reacciones homófobas desde el polémico instante en que fue seleccionado para representar a su país en un evento que, con un largo medio siglo, sobrevive entre la mediocridad y el cansancio. Con su alias Wurst -o salchicha- el personaje mezcló la seña provocadora del drag queen con el pudor impúber de la debutante -con cerrada barba, vertiginosos tacones y ajustado traje de lamé, color champan- en un sarao monegasco y que, además del apoyo de los jurados internacionales y del público que llenó el B&W Arena de Copenhague, recibió la felicitación de las primeras autoridades austríacas.

En ese evento paradójico -aún con buena audiencia- pudimos apreciar, sin asombro, la ira y bochorno de los espectadores por las votaciones, previstas y alineadas, de las antiguas repúblicas soviéticas con la gran Rusia que, día golpe a golpe, reconstruye Vladimir Putin, ante la Unión Europea que, fuera de imponer recortes a los países del Sur, traga la crisis de Ucrania -por ejemplo- con la misma indiferencia que digirió la Guerra de los Balcanes. No pidamos peras al olmo, o sea nada de reglas comunes para la crisis ni comprensión, no digamos solidaridad, con las economías deprimidas. La UE se conforma con Conchita y el reconocimiento a los derechos individuales y ya es bastante. Lo otro es harina de un costal que no existe.