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después del paréntesis>

Cruces – Por Domingo-Luis Hernández

   

El silencio era sepulcral. Incluso los escasos coches que por allí circulaban en aquella época parecían atenuar el ruido del motor. Su caminar era como el andar de las personas por sobre de las aceras o por el borde de la calle. Porque nos encontrábamos ante un trayecto obligado esa noche para todos los habitantes del lugar. Y es posible que quienes salían a la calle con semejante disposición no fueran conscientes de lo que en verdad hacían: la suprema repetición.

La vida se vive, se dirá; las recreaciones se explican. Se explican. El recorrido era sistemático año tras año. Desde La Punta, cerca de La Perdoma, el límite con La Orotava, hasta La Casa Higa, el final de la exposición. Lo que el caminar argumentaba era un tributo a la memoria. En esa fecha se abría la capilla de la familia, que las más de las veces no era una capilla tal, más bien una habitación hacia la calle, la habitación de la cruz, se abría para que el resto de los vecinos contemplaran la maravilla.

Un trabajo primoroso, medido, sucinto y radical. Si es cierto que en cada caso se precisaba ser el mejor, no era cierto (como al parecer ahora ocurre) que ninguna de las cruces enramadas buscara premio alguno, reconocimiento expreso alguno; solo el escrutinio de quien miraba y comentaba que el tributo a la historia, a lo que por aquel acto éramos, resultaba meritorio. Y en ese esfuerzo, todos competían; al punto de desconsiderar, y no tanto burlar, porque no era noche para burlas, alguna puntual distracción. La noche trabajaba, entonces, unida, toda la calle unida de un extremo al otro, por la suma solidez. No ante lo que cada uno de los oficiantes proponía en su recoleto espacio público sino por lo que la noche infundía.

En cada cruz, en cada capilla real o en cada capilla improvisada, la familia hacía guardia, la familia custodiaba (sin temor a pillería alguna, claro, cosa imposible), custodiaba la figura porque la familia era responsable de la figura, de esa cruz. Se producía un hecho de extrema importancia: noche en vela como ante el cuerpo presente de un cadáver. Pero si aquella vigilia no, esta era una vigilia dichosa. Exponía el respeto, el gusto, la sabiduría en la elección, en la disposición de las flores y el ingenio que se transmitía de abuelas a madres y de madres a hijas.

Toda la familia reunida allí, los vivos y los muertos. No es caprichoso suponer que en un mundo tan avieso como en el que vivimos una tradición tal desaparezca como un caramelo en la puerta de un colegio. Y no. Lo extraordinario es que el tiempo haya multiplicado a La Cruz Santa con una vía paralela a la calle central y que ese camino se haya llenado también de cruces.

Lo admirable es que la reciedumbre del pasado, que decidió, por su posición en el tiempo, las cruces que debían enramarse y las que no, ni más ni una menos, se haya democratizado y ahora se encuentren cruces floridas y primorosas por todo el barrio, en encrucijadas y recovecos imprevistos que nada más los conocidos podrían recorrer y ahora contemplarás por la guía que te proporcionan.

¿Por qué proceden así los cruzanteros, por qué se empecinan en conservar? Acaso porque estén persuadidos de lo que los hombres como especie (de Aristóteles al sabio de la tribu de esquimales) estamos persuadidos: hay cosas que para ser, si estamos convencidos de ser, no se pueden devastar. Mis paisanos de La Cruz Santa están convencidos.