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Cumpleaños – Por Francisco Pomares

   

Los viejos periódicos -como huelen las viejas iglesias a incienso- olían a tinta y a tabaco. Una mezcla de madrugadas añejas y ruido de teletipos. La redacción de una radio huele a palabras y a ráfagas de sonido. Cuando uno viaja desde la galaxia de Guttemberg a la de Marconi no lo hace a la velocidad de la luz, sino del sonido. Todo en la radio es vertiginosamente vivo, presente y dinámico.

Radio Club Tenerife empezó a emitir hace ochenta años en la calle Suárez Guerra. Muy cerca de las linotipias donde se componían con plomo y tinta y sudor las páginas del vespertino La Tarde. Desde aquellos tiempos hasta hoy han cambiado muchas cosas. En las modernas instalaciones de la Avenida de Anaga se acumulan sofisticados equipos de sonido digitales y complicados sistemas electrónicos: la radio de hoy tiene recursos y herramientas con las que no se podía soñar hace ochenta años. Pero algo sigue intacto en esta modernidad que ha desterrado las cintas y los vinilos. Sigue viva la palabra. La gente que hace la radio tiene el mismo brillo en la mirada, el mismo entusiasmo cada mañana, la misma fuerza en las voces que nos cuentan, a todas horas, que es lo que pasa.

Le gusta decir a Juan Cruz que el periodismo es gente que cuenta lo que pasa a otra gente (que está interesada en saberlo). En la radio se escucha lo que está pasando sin trampa ni cartón. Cuando algo ocurre, la radio está allí para que los oyentes escuchen el fiel sonido del acontecimiento y la narración de lo que ocurre en las voces de los periodistas. Nada de esa mágica comunión entre el periodismo y la audiencia ha cambiado con las nuevas tecnologías.

Cuando alguien inventó los frigoríficos, las fabricas de hielo para uso doméstico se extinguieron en todas las ciudades. No supieron competir con aquellos aparatos capaces de producir hielo en un rincón de la casa. Se equivocaron al pensar que lo suyo era vender hielo, cuando en realidad lo que vendían era frío. La evolución de los sistemas técnicos no cambia necesariamente un paradigma: los medios de comunicación venden información hoy y la venderán siempre, mientras un lector, un oyente o un espectador quiera saber lo que ocurre.

Ochenta años después, Radio Club sigue en lo mismo con rigor y libertad: instalada en el oficio de contar lo que pasa. Con honestidad. Con diligencia. La sustancia de la profesión sigue intacta casi un siglo después. Gente que cuenta lo que le pasa a otra gente (que escucha). Eso es la radio.