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Diego Robles – Por Luis Ortega

   

Con la discreción con la que vivió, dijo adiós el último ambulante de una tierra tan memoriona como dada al olvido. Dejó miles de negativos de efemérides y crónicas domésticas, modos de vida y muerte de siete décadas isleñas y tantos amigos como rostros captó con su cámara y viandantes se topó en su oficio peregrino, “más cómodo y limpio que otros por los que pasé”. Natural de Jaén, descubrió otra patria chica y el amor grande (la inolvidable Delfina) en la posguerra cuando hizo la mili en el Cuartel Guincho y, desde los sesenta, entró como reportero gráfico en DIARIO DE AVISOS, que cambió de dueño, pasó de dos a ocho páginas y, en los cauces del estrecho posibilismo, llevó las inquietudes de la calle a los lectores. Vecino de Calsinas, lo conocí de niño en San Sebastián y, desde mi bachillerato, buscamos “noticias en un lugar donde nunca pasaba nada y si algo ocurría entraba en la historia” (Luis Cobiella dixit). Así cubrimos un suceso o a un volcán, un parto de trillizos o la visita de un ministro del régimen, un partido de fútbol o una función de varietés en el Circo de Marte. En los años noventa, mediocres aupados aseguraron al popular fotógrafo la recepción pública y cuidado de su riquísimo archivo y, como prueba del compromiso, editaron un libro que presenté en la Casa Salazar. Desde entonces, en cada café o encuentro puntual, me recordó la promesa incumplida e hice gestiones sin resultado en instituciones metidas en frivolidades y desatentas con cosas de magro interés y generosidades inusuales.

Dejé pasar a posta la nostalgia inmediata, para reencontrar, emergidas del desorden controlado en que muevo mis días, las instantáneas que, con su cariño habitual, me regaló siempre; me devuelven a seres queridos e hitos memorables, hechos extraordinarios y cotidianos que, por su tarea, son y serán recuerdos luminosos. En el hábito obligado de lamentar los tránsitos personales, me consolaron llamadas telefónicas y correos de paisanos solidarios que sienten vivamente su pérdida; me preguntan por su legado y por la racanería que negó reconocimientos y honores a quien, sin buscarlo, los mereció más que nadie. Un profesional respetable me refrescó anécdotas de aquel andaluz “que jamás perdió su acento, pese a su corazón partido por mitades entre la tierra natal y la adoptiva”; y censuró con rigor a quienes “con capacidad para hacerlo, no ven los méritos de la gente sencilla”. No te preocupes, le dije, el gentilicio no lo dan las corporaciones, se lo ganan los ciudadanos y Diego, para cuantos le conocieron, fue, será, un palmero más, y de los mejores.