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Elecciones trascendentales – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Todo el mundo político y una parte destacada de la ciudadanía bien informada está de acuerdo: las elecciones al Parlamento Europeo del 25 de mayo, en las que serán proclamados 751 legisladores para un mandato de cinco años, aparecen como las más importantes de las celebradas en la historia comunitaria desde que en junio de 1979 se efectuaron los primeros comicios de eurodiputados mediante sufragio universal, directo y secreto. Pese a la limitación de sus funciones legislativas, presupuestarias y de control, el desarrollo de la Unión no puede entenderse sin el espíritu europeísta aportado por la cámara, que a partir de ahora verá reforzados sus poderes merced a la aplicación del Tratado de Lisboa. Unos 390 millones de europeos están llamados a las urnas entre el 22 y el 25 de mayo, cuatro días con los que se trata de respetar las costumbres electorales de los 28 estados miembros de la Unión, en cada uno de los cuales los comicios se organizan según la legislación propia. Se trata de la consulta supranacional más relevante del mundo democrático si se exceptúa la del Lok Sabha o Congreso de la India, en la que el censo electoral reúne a más de 800 millones de personas, quienes ejercen el derecho de sufragio a lo largo de un mes, nada menos. Las elecciones europeas se producen en la coyuntura probablemente más adversa vivido nunca por la Europa comunitaria, en la que sus instituciones más importantes han sido colocadas en tela de juicio, incluso en su legitimidad y eficiencia. Las medidas que los mandamases de la UE han impuesto sobre todo a los países del sur para salir de la crisis económica, en especial por vía de austeridad, no sólo han sido impopulares y discriminadoras -y por añadidura han empobrecido a una parte destacada de las sociedades-, sino que además no han logrado los efectos que perseguían. Con este panorama, que ha dado alas a eurófobos y euroescépticos, ha surgido un divorcio de difícil arreglo entre la ciudadanía y la dirigencia europea, lo que los sociólogos temen que determine un altísimo grado de abstención electoral, en el entorno del 45-55%, nada menos.

Sería un grave error pensar que la llamada a las urnas no tiene trascendencia para la vida de los ciudadanos comunitarios. Pese a que el Parlamento Europeo -denominación aprobada en 1962, cuando la cámara era mero apéndice de la de los respectivos estados y su papel exclusivamente consultivo- no es aún un verdadero órgano de control del poder, por la cámara de Bruselas y Estrasburgo pasan la mayor parte de las cuestiones que afectan a nuestra cotidanidad. Es el caso de los asuntos referidos a sanidad, transporte, medio ambiente, educación, protección de los consumidores, horarios comerciales, control bancario, derechos laborales, relaciones exteriores, protección de los derechos humanos, mercado único, libertades civiles, políticas de asilo, agricultura y pesca, minorías, igualdad y protección de la mujer, etc. El llamado sistema de codecisión, implantado por el Tratado de Maastricht en 1992 y mejorado por el de Amsterdam de 1999, se ha convertido en un procedimiento legislativo ordinario al otorgar el mismo peso al Parlamento y al Consejo, lo que permite agilizar el trabajo conjunto en dos tercios aproximadamente de las normas comunitarias.
A diferencia de los parlamentos nacionales, el de la UE no tiene capacidad de iniciativa legislativa. Representa lógicamente la soberanía del pueblo europeo y a partir de la próxima legislatura podrá mejorar, enriquecer y modificar los proyectos que le envíe la Comisión. Si no hay acuerdo entre ambas instituciones, una directiva comunitaria puede ser rechazada en el Parlamento, que por cierto es la institución europea mejor valorada por los ciudadanos. También a partir de ahora el Parlamento podrá elegir directamente al Defensor del Pueblo Europeo y al presidente de la Comisión, lo que constituye un avance democratizador relevante.

Como consecuencia de esa novedad, las coaliciones o los partidos políticos que concurren a estas elecciones deben nombrar al candidato que apoyan para presidir la Comisión, tal y como acordaron ésta y la propia Eurocámara. Lo que en definitiva se pretende es que el aspirante del partido que obtenga más votos sea el primero que se tome en consideración para ocupar el cargo. Los peligros vienen, como siempre, por los extremismos europeos, es decir, los grupos radicalizados incapaces de advertir que si la UE se desintegra o no funciona adecuadamente se producirá una catástrofe de consecuencias impredecibles.

Precisamente porque son muchas las debilidades, Europa necesita cerrar viejas heridas, abandonar los nuevos egoísmos nacionales y reiniciar un verdadero proceso de regeneración y concienciación colectivas para unir de verdad a ciudadanos, pueblos y países en una organización política, no sólo económica, más ambiciosa, democrática, dialogante, que deje de constituirse en una trampa propiciadora de más pobreza y desigualdad, más paro e injusticia. Tampoco puede la Europa de los 28 continuar con una política de inmigración que daña a los países sureños, con Italia y España a la cabeza, sin una política exterior coherente y única, con un euro excesivamente fuerte y poco competitivo, sin una política de defensa rigurosa y fortalecida, capaz de hacer frente a los desafíos de los nuevos tiempos y dependiente, por tanto -como siempre- de la voluntad cooperadora de Estados Unidos.

La Europa que se inició con la CECA para pasar luego a Mercado Común y más tarde a Unión Monetaria vive un preocupante desapego ciudadano, que coincide con una etapa de recesión económica y paro generalizado. Esa Europa ha dejado atrás guerras y fronteras nacionales, ha alumbrado el euro y la disciplina fiscal y está recortando, sin muchas explicaciones a los ciudadanos, el Estado del Bienestar. Ahí se ha quedado, empantanada, con una reforma institucional, política y democrática pendiente, que requiere una cirugía de fondo para acabar con las componendas entre los estados más poderosos, que adoptan e imponen acuerdos sin el menor control y que, porque les conviene a algunos, se olvidan de las medidas sociales y de las económicas de estímulo como complemento inexcusable de recortes y austeridades sin fin. No parece muy edificante una Europa que es capaz de unir más a los mercados que a los ciudadanos, que no se plantea seriamente la implantación de un sistema fiscal más justo y solidario, que sólo deja actuar a su Banco Central cuando los problemas financieros y la crisis han alcanzado dimensiones preocupantes, que desde los acuerdos ejecutivos se está liquidando el modelo social compartido y que ha debilitado los sentimientos de identidad común. Si la UE quiere convertirse en un pilar de justicia y libertad, debe empezar a ilusionar a los ciudadanos con medidas de apertura, transparencia y mayor participación popular. Y con mejores soluciones para acabar con el paro desbocado, el desequilibrio desmedido entre el norte y el sur, el endeudamiento sistemático y, ahora, el peligro de deflación. No son iguales las soluciones que propugnan los partidos conservadores que las procedentes de los grupos de la izquierda, de ahí la importancia del resultado electoral que salga de las urnas .

Para Canarias, la Europa democrática debe ser siempre objetivo preferente. Del viejo continente nos llegan el turismo y los inversores y hacia él se dirigen principalmente nuestras escasas exportaciones. Gracias a los acuerdos bilaterales, nuestros derechos como región ultraperiférica están en general bien defendidos en la UE gracias a que se respetan nuestras singularidades y especificidades por las distintas vías compensatorias establecidas para hacer frente a los sobrecostes de la insularidad, la lejanía, la conectividad, la falta de materias primas, etc. El reto más importante pendiente de resolución es la revisión del REF, que previsiblemente pueda llevarse a cabo antes de que concluya el verano. Si Madrid da el visto bueno previo a lo que en apariencia se presenta como una línea de trabajo adecuada, cabe suponer que Bruselas se limitará después a bendecir una medida que, aunque con algún retraso, puede contribuir de manera determinante a la creación de empleo en las Islas y a su mejor desarrollo futuro.