X
a toda máquina >

En ‘Cuatro Latas’ – Por Román Delgado

   

Uno se acerca a diario y con estúpida puntualidad a los informativos que se ven por la tele porque casi siempre cae alguna sorpresa; a veces, y esto más a menudo de lo que pueda parecer, hasta dos y tres regalos de poses y mensajes marchitos, poco creíbles, alejados de la realidad que se pisa en la acera, de las cuestiones que más importan a los mortales. Para disfrutar de tal distorsión, ayer, justo después de otro anodino e infumable informativo rebosante de sucesos y de política del dijo, indicó y aseguró…; nada más ver a un enrojecido De Guindos al lado, muy juntos, pegados, de un candidato canario a las elecciones europeas, se me ocurrió una maldad: meter a parte de esta tropa en un Cuatro Latas y tirar para el Norte en busca de guachinches (varios). En el Cuatro Latas podía llevar bien apretados hasta cinco: tres detrás y dos delante. Pude haber metido uno menos, pero esta vez me interesaba repetir uno de los viajes que tantas veces redibuja el bueno de R; mucho más ahora, que el hombre está de moda a cuenta de su libro sobre los guachinches. Esperé al trío de ilustres invitados en Los Rodeos, que uno llegaba de La Palma, otro de Gran Canaria y el que falta en la terna procedente de El Hierro. Esta vez sólo hubo retrasos leves y, por ello, con R apoyado en el coche de quitamultas, pude escapar con la hazaña de un doble fila poco cantoso de mi destartalado Cuatro Latas. Meterlos detrás fue todo un calvario. Al palmero lo coloqué a la derecha y junto a la ventanilla; al grancanario, a la izquierda, también en lugar en que pudiera tocar el alisio húmedo camino de las cantinas de ese Acentejo que en tantas ocasiones brinda un recorrido tortuoso.

El espacio que sobraba, un simple punto en el que hurgar, se hallaba en el centro y debía ser para el menos voluminoso, el primerizo, el que acababa de meterse en estos berenjenales. Ya enlatados en la máquina, con manos y pies que sobraban por todos lados, pillamos la carretera vieja de las medianías altas con R cantando curvas, marchas, adioses y paradas obligatorias. La primera se produjo en Ravelo, donde éstos fueron de cafés, cortados y tacitas de agua. La siguiente ya tocaba en los altos de La Matanza, y ahí a casi nadie le apeteció lo que tocaba, salvo a… La tercera…, la tercera, ya tuvo que ser en La Corujera, en un salón de autoconstrucción con gente, griterío y buenos vinos y comidas. Aquí casi no salen del coche, que estaban molidos y eso no iba con ellos, aunque al final, tras oler a un par de votantes potenciales, se apearon del carro, y uno de ellos, el colocado a la derecha, pidió una Coca-Cola (no había) y casi no pudo entenderse con los del lugar; el del centro optó por un tímido Seven Up (había) y ejerció de maestro espiritual, y el de la izquierda, ya con la cara en el dedo gordo, no paró de hablar mirándose al único espejo. R y yo, mientras uno veía qué le decían, otro miraba su móvil sin señal y el siguiente seguía de autocháchara, tiramos de arranque y vimos los cielos abiertos rumbo a guachinche desconocido.
@gromandelgadog