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Europa implica – Por Salvador García Llanos

   

Es cierto que no se recuerda tanta atonía en vísperas de una campaña electoral pero no hay que resignarse con ese fácil diagnóstico, convertido en un lugar común de la realidad política más cercana en el espacio y en el tiempo. La cita del próximo domingo 25 con las urnas para elegir un nuevo Parlamento Europeo entraña la suficiente importancia para el país, para la Unión Europea y para la propia política como para no inhibirse ni dejar pasar ni mostrar la más mínima indolencia con una actitud abstencionista: es el modelo social europeo lo que se dirime entre los votantes de veintiocho países. A un lado del modelo, el conservadurismo de políticas que se han revelado incapaces, con sus medidas identificadas con el austericidio y el beneficio de los poderes económico-financieros, de encontrar una salida a la crisis. Y al otro lado, la alternativa socialdemócrata del crecimiento de la productividad económica y del empleo para frenar el desmantelamiento del Estado de bienestar y garantizar, por consiguiente, la pervivencia del denominado modelo social europeo, fundamentado en la idea de que el mercado no es suficiente y por tanto debe ser gobernado a favor de los bienes colectivos.

Pero si las señales que anticipan un alto grado de abstención son inquietantes, no lo son menos las contenidas en encuestas de opinión que reflejan avances de partidos extremistas de la derecha y de radicalismos antieuropeos que hacen de la inmigración su principal baza para expresar el rechazo. Han ido creciendo el ‘eurodesencanto’ y la ‘eurofobia’, que hay que combatir con políticas de cooperación práctica que promuevan la solidaridad económica y social. “Necesitamos, en el sentido de la propia responsabilidad y de la responsabilidad común, más democracia, no menos”, llegó a escribir el que fuera canciller de la República Federal de Alemania y Premio Nobel de la Paz, Willy Brandt. Sus afirmaciones, cuando suenan cañones y se derrama sangre, suenan hoy a reivindicación que conviene seguir al pie de la letra.

Acudir a las urnas, pues, tiene muchas motivaciones que arrancan en la necesidad de preservar la identidad y diversidad europeas y prosiguen con la profundización de los valores compartidos por los europeos. Solo desde la Unión Europea parece posible el crecimiento inteligente. Para ello hay que promover el conocimiento, la innovación, la educación y la sociedad digital. Y aunque sea inevitable que estos comicios -al menos en período preelectoral- sean interpretados en claves de política nacional, hay que rehuir las tentaciones de políticas particularizadas o diferenciadas, basadas en excepciones y exenciones, con el fin de robustecer la solidaridad y anticipar la defensa de los intereses comunes, única manera de compartir costes y ventajas.

El proceso de construcción europeo ha sido costoso. Y ahora se trata de consolidarlo. Con el poder del voto. Con la legitimidad derivada para decidir. Menos atonía, más implicación, de verdad.