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Fundido a negro – Por Francisco Pomares

   

Un pibe me pidió ayer que le recomendara un libro. Uno. Acabé por hablarle de un mundo, el de mi juventud, allá por 1974 o 1975, en el que los libros aún eran la única puerta abierta a todos los viajes y conocimientos, a las experiencias y reflexiones… Un mundo en el que la televisión, estrenada en la mayoría de los hogares canarios apenas unos años atrás, era aún en blanco y negro, aún con la programación enlatada y enviada a las islas por avión para ser emitida un día después que en Península, hecha a base de programas como Cesta y puntos, Reina por un día, y Estudio Estadio, o telefilmes como El Fugitivo o Bonanza… supongo que algunos de los más viejos recordarán con nostalgia aquellos programas que eran sólo una breve anécdota en nuestras vidas. Apenas un entretenimiento en las tardes del viernes o el sábado, porque nuestros padres creían que la tele la cargaba el diablo, y que era mejor verla poco. Nos refugiábamos entonces en los libros.

Uno: lo leí con quince o dieciséis años. Fue publicado por primera vez en 1948, y por eso, y por tratarse de un libro de anticipación, su autor lo llamó 1984, invirtiendo las dos últimas cifras. 1984, cuarenta y cuatro años antes de esa fecha, era el futuro. El periodista británico George Orwell, -autor también de Rebelión en la granja, el libro escrito en inglés más leído durante todo el siglo pasado-, nos presentaba en su libro un futuro pasmoso. El de un mundo permanentemente en guerra, dominado por tres grandes bloques de países sometidos a feroces dictaduras militares. Para controlar a los hombres en ese mundo sovietizado y siniestro que tenía que llegar en 1984, había una policía del pensamiento, que perseguía a quienes se atrevían a tener alguna idea propia, y que además vigilaba a la gente a través de una televisión que permitía a los programadores vigilar a los espectadores. El dictador de ese mundo es el Gran Hermano. Y los súbditos del futuro, cada vez que se sentaban frente a la televisión permanentemente encendida, sabían que el Gran Hermano vigilaba cada uno de sus movimientos y pensamientos.
Hoy el Gran Hermano es un reality casposo. Pero las pantallas de ida y vuelta, con capacidad de saber lo que hacemos, queremos y pensamos, son un hecho. Ordenadores, móviles, tablets y smart-tv se han convertido en los dispositivos de nuestra propia vigilancia.

Y la televisión es sólo entretenimiento, manipulación y basura. Da asco. Yo propongo apagarla.