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por que no me callo >

Inocencio Arias – Por Carmelo Rivero

   

A rebufo de la Champions, la Copa de Europa coetánea de la Unión Europea (UE), iremos a votar, y lo que el sábado dirimen en Lisboa los colchoneros, rozagantes con la Liga, y los merengues, ávidos de la décima, es, en vísperas de las elecciones europeas, la corona de laurel de un deporte que tiene abducido al continente, que va a las urnas el domingo sin mayor entusiasmo. El Parlamento Europeo no es la UEFA, pero en Europa todos saben quién es Platini y los líderes pasan desapercibidos. La crisis por sí sola no ha trastocado a 500 millones de ciudadanos de una tacada haciéndolos saltar de un extremo a otro, de la izquierda a la ultraderecha más aviesa, como en Francia; existen razones más hondas y conviene hacer una relectura urgente de toda la partitura de la UE desde los Tratados de Roma (marzo de 1957), para ver en qué han fallado los arquitectos que la construyeron sobre las cenizas de la II Guerra Mundial (1939-1945).

Inocencio Arias, uno de nuestros mejores vicarios en el exterior, exembajador de España en la ONU, pone el foco en el tiberio del fútbol (germen de revueltas sociales, como veremos) y observa con audacia el paso del siglo XX al XXI en su libro Mis Mundiales (lo presenta mañana, a las 19.30, en CajaCanarias), una memoria mundana del mundo (y las inmundicias) del balón. La historia se inicia en el Mundial de Brasil de 1950 (aquel trauma nacional por la derrota del anfitrión ante nuestro pariente Uruguay, el maracanazo), y ahora, 64 años después, los brasileños regresan al lugar del crimen, a un mundial en su propio feudo (del 12 de junio al 13 de julio). Pero en las calles de Sao Paulo, que fundara el paisano Anchieta -recién santo-, se repiten las escenas de hace un año con la Copa Confederaciones: protestas contra la corrupción a espuertas en la sede. La ola de indignación inspirada por Stéphane Hessel (el diplomático francés) incita al cambio, a menudo, sin parar mientes ideológicas (abierta la veda de la saga de primaveras). Lo acabamos de ver con la caída de la dinastía Gandhi en India, a cargo del fenómeno del vendedor de té. Dilma Roussef teme que el Mundial de fútbol se le vuelva en contra en un año electoral, aunque remite el poder de convocatoria de los futbófobos de las favelas contra los estadios onerosos. “¡Hey Fifa, ¡vuelve para Suiza!”, corean los sin techo brasileños. La diplomacia del fútbol, que diría Inocencio Arias, está en horas altas en Europa, pero en América está en horas bajas, y en ambas orillas votan.