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Jean Fouquet – Por Luis Ortega

   

Pese a la extraordinaria valoración que tuvo en vida y su relevancia dentro del panorama internacional, Jean Fouquet (1420-1481) pasó varios siglos de olvido hasta su justa rehabilitación por los escritores y plásticos románticos y, gracias también, a una trascendente exposición organizada, en 1904, en la Biblioteca Nacional de París y que reunió la práctica totalidad de su producción. Su escasa y cotizadísima obra en muchos casos fue atribuida, con argumentos más o menos sólidos y, en muchos menos, reconocida plenamente como los grabados exentos y las ilustraciones de las Antigüedades judías de Flavio Josefo, Gran Crónica de Francia, y el Libro de Horas de Etienne Chevalier, al que retrató junto a San Esteban en la tabla izquierda del hermosísimo Díptico de Melun y que, con La Piedad de Nouans y retratos de reyes y bufones, repartidos por el Louvre parisino y museos de Austria y Bélgica completan su exquisita creación. Dentro de la iniciativa “La obra invitada”, el Prado expone hasta finales de este mayo, la tabla La Virgen de la leche con ángeles, capital en la evolución de su estilo, porque unió los rotundos cromatismos góticos, con la naturalidad gestual de los flamencos y la perspectiva y volúmenes de los italianos, aprehendidos en sus viajes por los Países Bajos e Italia. La escena del protomártir lapidado y del mecenas de Fouquet -que, como la mayoría de sus trabajos, responde a exigentes reglas geométricas tomadas de los florentinos- es propiedad de la Gemäldegalerie de Berlín que, por motivos no explicados, no atendió la petición de préstamo, que hubiera permitido contemplar, después de tres siglos, el conjunto completo. No obstante, la tabla cedida por el Museo Real de Bellas Artes de Amberes, es una composición sensacional, tanto por su audacia, en cuanto contrapone las carnaciones marfileñas de las figuras centrales (la Virgen y el Niño) con las gamas irreales, rojas y azules, de los ángeles turiferarios que las flanquean. La bellísima modelo que inspiró al artista fue Agnes Sorel, la famosa amante de Carlos VII, simbólicamente coronada en una maravilla que, aunque a plazo fijo, cubrirá parcialmente una de las mayores lagunas de la pinacoteca nacional: la pintura francesa del siglo XV. De ese ciclo sólo se inventaría en el patrimonio español un cualificado exponente: La Oración del Huerto con el donante Luis I de Orleans, realizada a comienzos de esa centuria por su pintor de cámara Colart de Laón, adquirida en 2012 y presentada, hace ahora un año, de extraordinaria calidad y que, afortunadamente, escapó de la purga de arte religioso perpetrada durante la Revolución Francesa.