X
nombre y apellido > José María Subirachs

José María Subirachs – Por Luis Ortega

   

Si cruzas el paseo diagonal del parque García Sanabria toparás con un bloque de hormigón marcado por la huella de una mano, una palma minuciosa que revela la pulsión realista de su autor que, hace cuatro décadas, la realizó in situ, durante la I Exposición de Escultura en la Calle. Organizada por el Colegio de Arquitectos, con el apoyo de instituciones y empresas, fue una efeméride comparable a la que, en 1935, reunió en Santa Cruz de Tenerife obras de los pioneros surrealistas, nuestro Oscar Domínguez incluido. En ambas muestras, Eduardo Westerdahl manejó su agenda y, en 1973-1974, movilizó una selección desde Alexander Calder, Henry Moore, Marino Marini, Ossip Zadkine, Bernard Meadows, Jesús Soto, Arnaldo Pomodoro y Kenneth Armitage, entre otros representantes internacionales; y Alberto Sánchez, Pablo Gargallo, Julio González, Joan Miró, Amadeo Gabino, Chirino y José María Subirachs (1927-2014), en la nutrida lista española. El barcelonés apareció en un luminoso diciembre para trabajar a pie de obra y tuvo un protagonismo cordial y discreto, frente a la exultancia de muchos colegas en medio de la algarabía y el trajín de la iniciativa. Ajeno a cuanto no fuera su trabajo, lo entrevisté para TVE y su amabilidad y la cercanía de mi domicilio facilitaron varios encuentros durante su estancia isleña.

En 1986 aceptó realizar la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia -un sueño del devoto Antonio Gaudí- y, hasta 2005, se dedicó en cuerpo y alma a este empeño. Lo resolvió con un largo centenar de esculturas y grupos colosales, una visión de dramático expresionismo, encajado por su incontestable calidad en las complejas estructuras y ornamentos que conforman el universo gaudiniano. Asimismo realizó cuatro monumentales puertas de bronce que, al modo renacentista, completaron el discurso del martirio y muerte de Jesús. Su valiente entrada en un proyecto ajeno, y con previsión escrita de todos los detalles, significó un diálogo que actualizó, y enriqueció, el templo expiatorio en medio de una larga polémica entre los defensores del diseño original y los partidarios de sumarle acentos contemporáneos. Como el genio de Reus, Subirachs vivió diecinueve años en una modesta casa dentro del complejo basilical, donde me recibió en aquel inolvidable 1992 para Barcelona, Sevilla y el resto del país. Tras su muerte, nadie discute ya, aparte de su brillante trayectoria, su decisiva contribución para completar una vieja aspiración de todos los catalanes.