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luces y sombras>

Lacra romántica – Por Pedro H. Murillo

   

Esta semana conocíamos los datos relativos al incremento de la violencia machista entre menores. Las víctimas por este tipo de violencia han aumentado exponencialmente con 151 casos registrados durante el pasado año en toda España, lo que supone el 4,8 por ciento mas que el año anterior.

En el caso de Canarias, la situación no es mejor. Según el informe de Fiscalía, durante el pasado año se tramitaron un total de 42 denuncias por violencia machista infringida por menores de edad. La mayor parte de ellas corresponden a adolescentes entre los 14 y 17 años que ha sufrido algún tipo de agresión física o psíquica por parte de compañeros de clase o sus propias parejas.

Se trata de una situación lamentable que viene a dejar a las claras que el problema de la violencia machista no es un suceso aislado. Muy al contrario, esta lacra es común a todas las edades y clases sociales. Los abusos en las escuelas quedan muchas veces impunes por el miedo a denunciar o a quedar estigmatizados, tal es la lógica paradójica e infernal a la que se enfrentan las víctimas. La ausencia de ética y de unos valores ciudadanos sólidos son los pilares de esta arquitectura de violencia imparable. Puede resultar paradójico que en la época de mayor información y protección a las víctimas de maltrato sigan sucediendo episodios violentos entre los jóvenes.

La respuesta es que nos encontramos ante un tamizado régimen falocrático embustero y senil, en donde el magisterio de valores como la paridad o el respeto mutuo tienen que competir con una avalancha de mensajes sexistas, empezando por los modelos transmitidos por los padres.

En esta España en donde se hacen las cosas ‘por cojones’, los ovarios quedan en un muy segundo plano, salvo para la reproducción silente y sumisa. Si a eso le unimos la pervivencia de una nociva concepción romántica del amor, heredera del siglo XIX y parte del XX; una visión sumisa y anorgásmica de las relaciones entre hombres y mujeres, encontramos que muchas adolescentes lejos de disfrutar del descubrimiento del amor como pulsión mutua y compartir experiencias sexuales de forma libre y voluntaria, se encuentran secuestradas por una mentalidad decimonónica propiciada y practicada por una caterva de imbéciles probablemente impotentes.