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Mafalda y Quino – Por Luis Ortega

   

Defensora de la paz y de los derechos individuales y colectivos, a nivel doméstico y planetario, y enemiga implacable del consumismo y de la sopa, la criatura cumplirá medio siglo en el próximo otoño, con la mejor salud, abrigada por la nostalgia de quienes la conocimos en sus albores y convertida en intemporal objeto de culto por cuantos descubren ahora su inamovible niñez, su sentido común e inconformismo. Y el creador, el argentino Joaquín Salvador Lavado Tejón (1932) fue distinguido con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en su edición de 2014. Con todo merecimiento y lamentable retraso, se reconoció al fin el fenómeno Mafalda, tan elemental en sus trazos y expresiones como profunda en su fondo, una pibita que observa el mundo con ojos aprendices y que lo vive, lo siente y lo cuenta con la gracia y la claridad, políticamente incorrecta, de la infancia. Con Felipe, Manolito el gallego, Guille y familia, compone un microcosmos peculiar y divertido que, en periodos de libertad y bota militar, entre 1964 y 1973, denunció con radical independencia cuanto le pareció injusto y predicó alegatos de buena voluntad y llamadas en favor de las garantías civiles. “La heroína iracunda” rompió las fronteras del idioma castellano y sus tiras, píldoras contra la intransigencia y el aburrimiento, se editaron y distribuyeron por medio mundo. Hijo de emigrantes españoles, Quino (1932) estudió Bellas Artes en su Mendoza natal y, en paralelo, publicó viñetas en diarios y revistas, cada vez de mayor importancia y tirada. En la década de los sesenta, y con su niña rebelde y tierna, alcanzó proyección en Latinoamérica y Umberto Eco importó sus tiras al Viejo Continente. En 1976, y tras el golpe de estado de Videla, Quino se exilió en Milán y, desde 1990, y con la nacionalidad española, reside entre Madrid y Buenos Aires. Entre tanto, Mafalda sólo reapareció en campañas de la Unicef y del gobierno argentino a favor de la recuperada democracia. Tuvieron que pasar treinta y tres años para que la Fundación Príncipe de Asturias reparara en el valor pedagógico y la trascendencia planetaria del personaje -un símbolo democrático que se desgañita en favor de la pluralidad y la vida- y el autor, situado por crítica y lectores, en la cumbre del dibujo humorístico. Pese a la tardanza, ambos -Mafalda y Quino, Quino y Mafalda, que tanto monta- darán lustre y fama -como el genial Woody Allen o Shigeru Miyamoto, creador de Mario Bros- a estos premios, guiados a veces por el oportunismo o la frivolidad, y otras, este es un buen ejemplo, por razones objetivas y de estricta justicia.