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Margaritas de hierro – Por Luis del Val

   

Una mujer, a la que conozco bastante bien, ha cumplido esta semana 100 años. Recuerda de su infancia el relato de las guerras carlistas que hacía su madre, sin pensar que, recién estrenada su juventud, sería testigo de la guerra civil española, con todos sus espantos. Concluida la contienda, vino la posguerra, donde el miedo a las bombas y a los fusilamientos de uno u otro bando, se sustituyeron por el hambre y la miseria, la cartilla de racionamiento, y una existencia donde lo más importante era poder comer. En ese ambiente, el amor, que no se planifica, surgió, y se casó en 1943, en plena II Guerra Mundial.

Me contaba esta mujer, cómo, de niña, bajaba a lavar a la orilla del río Manubles, a su paso por Ateca, y la necesaria tarea de romper el hielo que se formaba en invierno, en las márgenes. Me fascina su historia, porque estas mujeres protagonizaron el éxodo del medio rural a la urbe, y fueron las primeras que, además de trabajar -y mucho- en su hogar, salieron fuera para aportar algo más de ingresos. Fue una generación que conoció los balbuceos de los primeros electrodomésticos, y yo les llamo “margaritas de hierro” porque crecieron de manera espontánea y demostraron una fortaleza impresionante, un optimismo a prueba de inconvenientes, y una confianza en ellas mismas y en los suyos, capaces de cruzar los desiertos más inhóspitos en lo material, pero llenas de cariño y generosidad hacia los suyos y hacia el prójimo. Esta mujer, que ha cumplido los cien años, me enseñó las tres cosas más importantes de mi vida: me enseñó a pedir las cosas por favor, me enseñó a dar las gracias cuando me las concedían, y me enseñó a leer. Con estos tres preceptos no me ha ido mal en la vida, y de lo único que me siento orgulloso es de no haberlos olvidados. Bueno, también me siento muy orgulloso de ser su hijo.