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Mariana Pineda – Por Luis Ortega

   

Ocurrió hace ciento ochenta y dos años, en la Década Ominosa, cuando la libertad se pagaba con la vida, la cárcel y el destierro y la monarquía, lejos de ser garantía de los derechos universales, se vivía como castigo fuera del círculo de sicarios y adulones del rey felón. Marcial Pons, ediciones de Historia resucita el protagonismo femenino dentro del movimiento liberal, y en un ameno libro de Juan Fuentes y Pilar Garí (Amazonas de la libertad, 2013), documenta casi mil quinientas mujeres, entre 1808 y 1833, de todas las posiciones sociales, que defendieron el progresismo frente a un monarca reaccionario y “traidor a cuantos pudo traicionar”, desde su padre, a los Bonaparte, desde los patriotas que lucharon por la independencia frente al ejército más poderoso de Europa hasta el pueblo llano que, en costoso error, lo bautizó el Deseado.

Mariana Pineda Muñoz (1804-1831), fue el símbolo liberal por excelencia y la base de inspiración de varios autores, desde Francisco Villanueva que, en 1837, editó un drama sobre el heroismo de la granadina, cuya única culpa fue custodiar en su casa una inconclusa bandera liberal, con un triángulo verde y un lema, a medio bordar, que contenía las palabras “Libertad, Igualdad y Ley”. La persecución, detención, prisión en el convento de Santa María Egipciaca (destinada a prostitutas, ladronas y acusadas de delitos de sangre), el juicio irregular y viciado de origen, la pena de muerte y su agarrotamiento en secreto (para evitar cualquier motín popular) fueron avisos para los opositores al absolutismo y, también, pruebas del régimen de terror impuesto por el ministro Francisco Calomarde y secundado con entusiasta crueldad en Andalucía. Las recuperaciones y ocasos de su memoria tuvieron íntima relación con los bandazos de la historia española porque, si bien contó con un monumento en la I República, en la Restauración se la ignoró o trató con saña; en la II República se conmemoró el centenario de su ejecución y, desde la Institución Libre de Enseñanza, Fernando de los Ríos convenció a García Lorca para que escribiera la tragedia de su famosa paisana.

El Romance popular en tres estampas (1925) tuvo problemas con la censura del Directorio (es un eufemismo jerezano) de Primo de Rivera que, dos años después, consintió su estreno “para evitar males mayores”. Volveremos al asunto porque, según un romance anónimo, “Marianita siempre vuelve / para bordar la bandera”.