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Martín Bethencourt – Por Luis Ortega

   

Entre la fugacidad de los ismos que, desde hace décadas, sirvieron a experiencias, intereses y frivolidades de autores, marchantes, galerías y museos, parece milagrosa la fidelidad a un propósito artístico que perduró pese a las dificultades y contra tentaciones oportunistas en las que cayeron muchos coetáneos. Le debemos la epifanía de los sures que, desde sus albores juveniles y con el soporte arrancado, mostraron la voluntad de estilo que, en su activa madurez, ganó el título de clásico. El logro de una obra exigente y reconocible supone una marca de difícil superación y, con eso y con todo, no se conforma y en cada muestra -como la que en los últimos días, colgó en el Círculo de Amistad- nos sorprende por la grandiosidad que alcanzan sus asuntos humildes, por la frugal paleta -pueden valer los ejemplos barrocos, Zurbarán y Ribera- donde palpitan infinitas gamas, tantas como elementos esenciales contiene una realidad física. No trabaja sobre lo que cree ver, sino sobre lo que ve realmente; sabe que la naturaleza, especialmente la arisca, se conquista con la suela de los zapatos; por ello ha conseguido que -al igual que él va al paisaje, lo siente, lo mide y lo escruta- el paisaje vaya a su mano para compararse y reconocerse bajo la espiral del cielo humano. Ahora junta sus recios desiertos, con masas cordilleranas y construcciones arquitectónicas que, desde el trato cenital, se resuelven en un cubismo lírico, a veces riguroso, a veces amable, pero siempre libre de accidentes, anécdotas y toponimias. Autónomos o combinados, sequeros y aristas montañeras, que se desploman sobre un horizonte que ignora la verticalidad y asoma, siempre asoma, aunque sea elíptico; ascensos y descensos son meros accesorios de la materia limpia con la que cuenta estados de ánimo y estaciones del año, los efectos cambiantes, la detención de la luz en un instante de gloria que jerarquiza un paraje innominado o una periferia redimida por su sensibilidad, sapiencia y oficio. Manuel Martín Bethencourt descubrió la manera de dominar la vida, que es un requisito previo para afrontar cualquier forma de expresión que la describa, la sugiera o la señale; así consigue que la soledad de los baldíos guarde sonidos y memorias del mar que, acaso, los habitó en otra era y que las alternancias de luz y sombra evoquen y cubran majestuosas el paréntesis vacío entre los ocasos de fuego y la cálida flor de la mañana, porque como insiste, “siempre se pinta el mismo cuadro”; en su caso el deseado e inasible cuadro del aire, el leve o denso fanal que trasluce cotidianas maravillas.