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El mayordomo – Por Francisco Pomares

   

Ese chico que de pronto se ha convertido en el objeto de todos los deseos, Pablo Iglesias, tiene una frase fantástica para definir a los grandes partidos políticos españoles: “Son los mayordomos de los ricos”, dice. La frase debe haber gustado mucho, porque un millón doscientos mil ciudadanos han decidido refrendarla con sus votos. Ahora Pablo Iglesias -curiosa ironía, llamarse como el fundador del partido al que más critica- el profesor Pablo Iglesias, digo, tendrá que compartir asiento con esa multitud de mayordomos que han aterrizado en Bruselas y Estrasburgo para decidir como se reparten los dineros de Europa, y qué políticas son las que hay que hacer. Pero esa es otra historia. De la que hoy toca hablar es de uno de esos mozos de cámara de los ricos (según Pablo Iglesias júnior) que el lunes decidió abandonar su trabajo, tras el varapalo electoral. Y es que Alfredo Pérez Rubalcaba, secretario general de un PSOE en la bancarrota electoral, sí responde con bastante precisión a la definición de mayordomo. No sólo por su aspecto nestoril, que lo asemeja al mayordomo por antonomasia del cómic, el sufrido Néstor de las aventuras de Tintín, sino sobre todo por haber asumido ocuparse de las cosas de la casa cuando los dueños y responsables de la ruina cogieron las de Villadiego. A fin de cuentas, si algo ha intentado hacer Rubalcaba en estos años de secretaría general, ha sido precisamente tapar las goteras y reparar las grietas dejadas en el partido por Zapatero, y devolverle algo de lustro al PSOE. Aunque hay que admitir que esa tarea no le ha salido precisamente muy bien. Rubalcaba aceptó hacerse cargo de un PSOE desahuciado electoralmente, y en el que había que resolver sobre todo tres cosas: una, hacer que la franquicia catalana recuperara la cordura perdida; otra, articular un discurso político que devolviera la confianza a los ciudadanos que votan socialista; y la tercera, recuperar la unidad de acción perdida en el PSOE.
La primera la resolvió bien, a costa de sacrificar al PSC en el laberinto catalán. En la segunda, se estrelló con todas las consecuencias. Nadie le culpará por un fracaso electoral que comparte con el PP y más parece fruto de los tiempos que de sus propios errores. En cuanto a recuperar la unidad de acción, no contó con el apoyo ni de las baronías del PSOE ni del propio aparato. Considerado siempre un burócrata del partido, no lo era. No tenía ni grandes apoyos en las federaciones, ni fue capaz de articular una ejecutiva propia. Fue un mayordomo trabajador, dispuesto y eficiente en las tareas domésticas. Al menos no se ha atrincherado en su derrota. Su renuncia permite al PSOE buscar nuevas ideas y un nuevo liderazgo.