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Muertos con historia – Por Saray Encinoso

   

Nacimiento, muerte, estancia prolongada o hito. Las razones varían en función de la historia, pero el objetivo siempre es el mismo. Cada vez que un personaje ilustre fallece, los gobiernos emprenden una ardua batalla para apropiarse de sus restos. Acaba de ocurrir entre México y Colombia con Gabriel García Márquez, pero es una demanda que se repite cada cierto tiempo en España a cuenta de Antonio Machado o Manuel Azaña. El cosmopolitismo, espontáneo o dictado por las circunstancias, acaba pasando factura. Siempre hay algún político que está dispuesto a anteponer el nacionalismo cultural a las tragedias colectivas o personales que cuentan los cementerios, y corre a reivindicar el retorno de las cenizas de nuestros muertos. Pero ¿hasta qué punto es lícito?
Muchos de los autores españoles que están enterrados lejos de sus ciudades o pueblos de origen se marcharon huyendo. Que sus cenizas reposen fuera de nuestras fronteras borra de los rituales turísticos las peregrinaciones a sus tumbas, pero es otra forma de garantizar la memoria histórica.

Hace unos días, Anaya decidió retirar un libro de texto en el que podía leerse que Lorca murió en la guerra cerca de su pueblo y que Antonio Machado se marchó a Francia con su familia. La polémica no tardó en incendiar las redes sociales. La editorial asegura que ni padres ni profesores se habían quejado antes del contenido, pero Twitter y Facebook lograron, una vez más, que se hiciera justicia y que los manuales desaparecieran de las estanterías. Los responsables insisten en que no se usaron palabras como exilio y fusilar porque consideraron que no era un concepto apropiado para la edad. No parece una afirmación muy descabellada si se tiene en cuenta que los libros eran para niños de seis años.

Cuentan que cuando García Márquez visitó Aracataca, el Macondo de Cien Años de Soledad, alguien le preguntó que por qué no le “regalaba” un colegio. “¿Acaso me ves que tenga cinco o seis colegios en la mano para andar repartiendo? Pídeselos al Estado, que es el que tiene la obligación de hacerlos?”, contestó con rudeza. Corría el año 1983 y dicen que a partir de entonces la relación entre el pueblo y el autor fue de resentimiento. Quién sabe. El malestar sería comprensible, pero en la respuesta del colombiano está también la réplica a las estupideces de sus restos, de sus contemporáneos y de los enemigos de Anaya. La mejor manera de salvaguardar la historia es con librerías y colegios, no con romerías para adorar a autores ni con guerras sin sentido ni combatientes.

@sarayencinoso