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La necesidad nos devuelve a la mar – Por David Sanz

   

A hora el barco se ha convertido en nuestro principal medio de transporte para salir o entrar de La Palma. Preferimos madrugar y aguantar estoicamente las horas de viaje, con escala en La Gomera, a dejarnos los euros de más en el avión, aunque sea más rápido y más cómodo el trayecto. La crisis le ha dado la vuelta a todo, y si antes la terminal del aeropuerto parecía la Calle Real, ahora lo es la cubierta del Armas o del Fred. Olsen. Mover una familia es infinitamente más barato hacerlo por mar que por aire, además de poder trasladar el coche.

Cómo han cambiado los tiempos en tan poco tiempo. ¿Quién nos iba a decir hace tan solo unos años que para desplazarnos a Tenerife íbamos a prescindir del avión y pasar una noche casi en vela para ahorrar unos cuantos euros que nos harán falta para llegar a fin de mes?. No es que hayamos vuelto a la época de los correíllos, porque afortunadamente las embarcaciones que cubren la línea regular entre La Palma y Tenerife son más rápidas y cómodas, pero en cierta medida sí que hemos regresado a su ecosistema socioeconómico, que nos ha hecho además congraciarnos con el transporte marítimo al que llegamos a mirar desde las alturas y tuvimos como cosa menor. La necesidad nos ha devuelto a la mar, como la crisis ha abierto de nuevo la pesadilla de la emigración, que de eso sabemos un rato los canarios. Volar, ahora, es prohibitivo para muchas personas. Y lo seguirá siendo cada vez más si no se toman medidas para que los precios de los billetes bajen. Es curioso que en la época en que navegamos digitalmente a través de la red a velocidades siderales, que nos permite conocer en tiempo real lo que pasa en el otro extremo del mundo, hemos tenido que cortarnos las alas en la comunicación física para poder subsistir. Ya cansa repetir que un transporte rápido, eficiente y económico es el pan y la sal para un isleño. En esta campaña europea se ha oído hablar mucho a los candidatos sobre la necesidad de abaratar su coste, tanto el de personas como de mercancías. Uno, que es de natural pesimista, no se cree tanta promesa de unos y otros. Mientras tanto, siempre que pueda y lo necesite, seguiré viajando en barco. Le he llegado a coger el placer a ese trayecto marítimo, del que siempre sacas un par de horas para leer y otras pare echar una cabezada. Tiempo, al fin y al cabo, que también tiene un valor.