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Ni pío – Por Jorge Bethencourt

   

El Gobierno de Canarias ha tenido las pelotas de llamar a los canarios por su nombre. El logo del día de la macaronesia incluye por vez primera uno de esos bellos pájaros amarillos que lleva el nombre de estas Islas. A mí no me gustan los pájaros. Cada vez que les miro a los ojos veo en ellos aquellos depredadores escamosos y de dientes kilométricos. Pero reconozco que le tengo cierta simpatía al canario. No es una pasión desbordada, como la de nuestro presidente, pero me caen simpáticos. Sobre todo los que parece que acaban de salir de una noche de viernes de carnaval, todos desplumados, con el cuello pelado y cara de resaca.

Puestos a elegir un símbolo, me gusta más el pájaro que los dos perros con cara de mala leche que aguantan el escudo de las Islas. Somos siete estrellas verdes y dos millones de pájaros amarillos, blancos y azules. Aunque deberíamos empezar a representar un canario de color negro, que es el que mejor representaría la situación por la que estamos atravesando hace unos años. “Soy canario” es como una metáfora de lo nuestro. No hacemos más que hablar, como si hubiéramos comido alpiste; estamos posados, o sea, parados, como el pájaro sobre una rama y nos han desplumado a impuestos. Pega. Siempre habrá opiniones para todos los gustos.

Algunas mujeres probablemente consideren que el mejor animal que representa a los canarios es el pulpo. Y los pulpos, o sea, los canarios, tal vez piensen que el mejor animal que representa a las canarias sea la sparisoma cretense, que es una de las más bonitas especies de vieja. Y está el chicharro, tan nuestro, que tiene los ojos como dos boliches y es feo como una noche de truenos. Incluso, tengo un amigo que, a la vista de -dice- la pinta que tienen los más ilustres representantes de la inteligencia canaria, propone que el símbolo de las Islas sea el tabobo.

Existen opiniones para todos los gustos. Pero el nombre pesa mucho. Yo hubiera dudado con lo del pulpo, pero más que nada por compañerismo. El canario es más canario. Le abres la jaula y se queda dentro porque está acostumbrado. Se pasa la vida piando hasta que le das el alpiste. Es delicado. Se escoña fácilmente. Y excepto para cantar, no sirve absolutamente para nada.

Como símbolo es imposible encontrar nada mejor.