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Otra campaña – Por Salvador García Llanos

   

Los estados mayores y los laboratorios de ideas y expresión de las organizaciones políticas tendrán que reflexionar a base de bien para recuperar los valores y el sentido básico del que sigue siendo arte de lo posible; pero sobre todo para procesar el desarrollo y los contenidos de la campaña electoral pasada. Las circunstancias que concurren la convirtieron en algo desangelado, desvaído, sin ambiente ni interés. Y eso que Europa estaba en juego. Tendrán que enfocar nuevos métodos, nuevos reclamos, fórmulas más atractivas de modo que la gente vuelva a sentirse atraída por candidaturas y ofertas. Que hayan desaparecido prácticamente los mítines convencionales obliga a intensificar la adecuada utilización de las redes sociales, por ejemplo. ¿Será posible un cibermitin? Cierto que en muchas casas aún no hay ordenador y que el contacto directo no se debe perder: en visitas, centros comerciales, sedes de asociaciones, convocatorias sectoriales y aquel célebre puerta a puerta con el que compensar las limitaciones de presencia en medios de comunicación y en soportes de campaña. Algo hay que hacer, desde luego, independientemente de lo que haya ocurrido en la jornada electoral. Los tiempos han cambiado hasta el punto de que casi hay que reinventar la política.

Se mueven los cimientos de ésta con tanta desafección, con tanto rechazo. El hecho no puede pasar inadvertido a los teóricos y a los estrategas. Es una hora histórica para las organizaciones políticas que afrontan una situación desconocida que casi quiebra los esquemas tradicionales, al menos en campaña. Hay un cambio, una ola envolvente que obliga a una respuesta más imaginativa, más activa y más dinámica que la conocida al menos en la campaña que antecedió a las elecciones al Parlamento Europeo 2014. El caso es que la pregunta ‘si sirven para algo las campañas electorales’ continúa latente. Y con difusa respuesta. Recientemente, el doctor por la Universidad de Oxford y profesor de Ciencia Política de la Universidad de Girona, Lluis Orriols, reavivó el debate al señalar que aquéllas “solo cambian a un 8% de los votantes el sentido de su voto”. Pero se cuidaba de advertir que “el principal efecto de las campañas electorales es reforzar las convicciones propias”. Las dos afirmaciones son válidas para replantearse unas cuantas cosas a la hora de poner en escena -candidaturas y medidas- las ofertas programáticas que hagan los partidos, lastrados por el recelo, por la escasa fiabilidad que inspiran y hasta por el cansancio de los votantes. El aumento del citado porcentaje y el logro del fortalecimiento de la lealtad ideológica parecen depender, entonces, de una renovada presentación pública de recorrido territorial bisemanal que proyecte, por supuesto, en medios y redes de ciudadanía, los valores de la originalidad y sean procesados por la mercadotecnia, sin perjuicio de explotar bazas políticas que coadyuven a las finalidades apuntadas.