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Parálisis – Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Hace unos días se ha celebrado el Primero de Mayo, la fiesta del trabajo, que paradójicamente ha supuesto el enésimo puente del año. Unos días en los que los españoles que tienen la fortuna de no estar en paro, fieles a su cultura, han buscado variados pretextos para no trabajar, desde los asuntos propios de los funcionarios y las bajas fraudulentas de algunos trabajadores hasta las fiestas oficiales. En Madrid el Dos de Mayo es festivo; en Andalucía celebran ahora la Feria de Abril; aquí coinciden las diversas Fiestas de la Cruz y los bailes de magos de nueva factura. Y así nos va en este país de charanga y pandereta, en donde sobran fiestas, igual que sobran Comunidades Autónomas, municipios, cargos inútiles, asesores, políticos corruptos y muchas cosas más. Mariano Rajoy había prometido trasladar las fiestas susceptibles de serlo para suprimir los puentes, pero hay que reconocer que este Gobierno dice unas cosas y hace otras. Unos lo denominan promesas incumplidas y otros poca vergüenza. A lo peor es que el Gobierno también sobra.

El Primero de Mayo tiene un contenido laboral y sindical, y se caracteriza por la celebración de las consiguientes y previsibles manifestaciones sindicales. Unos sindicatos de clase, múltiples, horizontales y voluntarios, que en la España de la Transición vinieron a sustituir al sindicalismo único, vertical y obligatorio propio de la época franquista. Pero no nos engañemos. Por desgracia, el sindicalismo democrático español ha devenido en la mayoría de los casos en unos subvencionados, corporativos y demagógicos sindicatos, refugio de malos trabajadores y nido de políticos vergonzantes, cuya mayor conquista ha sido impedir que ningún Gobierno de estos años haya podido sacar adelante una ley reguladora de la huelga, una ley que sancione los delitos de agresiones, coacciones, amenazas y demás que los mal llamados piquetes informativos cometen en las huelgas salvajes que se organizan frecuentemente en este país. Una más de las frustraciones democráticas que la Transición nos ha proporcionado a las ilusiones de los demócratas españoles.

Los españoles sufrimos un sindicalismo sin paragón en Europa, subvencionado más que generosamente con dinero público, plagado de liberados con privilegios laborales, que no pueden ser despedidos, y de dirigentes que no han trabajado nunca ni tienen profesión conocida fuera del aparato sindical, y cuyas centrales actúan como grupos salvajes de presión, olvidando que en una democracia sana el poder no debe salir del Parlamento. Durante más de treinta años, como decimos, han impedido que en España se pueda aprobar una ley reguladora de la huelga. A cambio, han protagonizado escándalos y estafas inmobiliarias; cursos de formación fraudulentos; viajes y fiestas particulares pagados con dinero público; y ahora el caso de los falsos ERE andaluces. Y suma y sigue. ¿Por qué hemos llegado a esta lamentable situación? Al final de la dictadura los sindicalistas socialistas y comunistas se infiltraron masivamente en la Organización Sindical franquista -que contaba con su ministro de Sindicatos-, y, por lo visto, heredaron sus hábitos y costumbres. Los sindicatos que no siguieron el juego han sido groseramente marginados, como la radical CNT, que ha pagado su no adscripción partidista, y la USO, que lo ha hecho por su no obediencia socialista e izquierdista.

El sindicalismo político fue una seña de identidad de los movimientos totalitarios y autoritarios que surgieron en Europa durante el período de entreguerras y predominaron en la primera mitad del siglo pasado. Los nazis alemanes y los fascistas italianos tuvieron detrás sus organizaciones sindicales adictas. Y el franquismo no fue menos. Uno de los principios programáticos de Falange Española, fundada por José Antonio Primo de Rivera, y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (el nombre lo dice todo) de Onésimo Redondo, fue el sindicalismo político, concebido como vertical, es decir, no clasista y aglutinador de trabajadores, técnicos y empresarios en una misma organización. En su rechazo a los partidos políticos, ambos propugnaron que las comunidades naturales en que cualquier persona se integra son la familia, el municipio y el sindicato. Y así, la dictadura tuvo su organización sindical y sus procuradores en Cortes representantes de los sindicatos; y Franco tuvo su ministro de Sindicatos, que cada Primero de Mayo le ofrecía una denominada demostración sindical en el estadio Santiago Bernabéu. Y en todas las capitales españolas, y también en Canarias, siempre hubo una Casa Sindical, de estética arquitectónica inconfundible.

Uno de nuestros innumerables déficits democráticos es un sindicalismo no político y no corporativo, financiado exclusivamente por sus miembros y sin privilegios laborales. Desde hace demasiado tiempo UGT y Comisiones campan por sus respetos instalados en la subvención, el corporativismo y la demagogia. Cada vez que convocan una huelga -salvaje- general alardean de que van a paralizar el país. Sería democráticamente muy saludable que el país los paralizara a ellos. Pero paralizarnos tampoco tiene mucho mérito: los españoles nos paralizamos solos.