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Pilar Urbano – Por Luis Ortega

   

En el puente de mayo cerré la lectura de La gran desmemoria y las respuestas a Pilar Urbano (1940), numeraria del Opus y autora de libros. Recordamos las frases que, sobre temas sensibles, atribuyó a la reina -interés o indiscreción- para entender por qué, treinta y tres años después, “reveló con buenas fuentes”, las supuestas diferencias entre los jefes de estado y de gobierno previas al 23-F. Es una prolija sucesión de hechos que, a veces, casa con otros memoriales y otras choca frontalmente y donde muestra simpatías y antipatías inequívocas. Desde el avance en la prensa, las reacciones airadas y escépticas no pararon y, lógicamente, las negaciones triplicaron el largo alegato que las motivó. Contra la periodista, estoica ante palos y llamas, como un ninot de su tierra, salió, con prontitud la Casa Real; con energía y entre muchos, Felipe González, “vicepresidente de un presunto gobierno de concentración”; los dos grandes partidos con elogios similares hacia Juan Carlos I; Suárez Illana, cabreado, tanto por el uso de la foto de espaldas, como por “las falsas malas relaciones” entre su padre y el rey y las causas de la cuestionada dimisión, que desmontó con la difusión de cartas cruzadas entre ambos; ministros de UCD con un rotundo comunicado; escritores de distinto signo, entre ellos, Cebrián; empresarios de antaño (como Segurado) a quienes la valenciana situó en la trama. Ni la causante de la marea ni la marea de la contestación me conformaron del todo. Así que cuanto antes se disipen las sombras antes constataremos la salud de nuestra democracia. Saénz de Santamaría, incluso, habló de la posible desclasificación de los papeles secretos. Punto y aparte para Arcadi Espada, columnista que narró, sin tanta amplitud ni ruido, una versión de la Operación Armada en El Mundo, del pasado 5 de abril; a partir de una cena con informadores, y una larga tertulia off the record con mi admirado Adolfo Suárez, en otoño de 1985; puso en su boca palabras como “torpeza, frivolidad, borboneo” para calificar la actitud regia en la intentona fallida del “general de las camelias”. Parte de la charla
-“un cálido monólogo” del primer presidente, según señaló- se publicó en una revista modesta y no habló entonces de cuanto, últimamente, corrió como la pólvora, por el llamado Pacto de silencio. La actualidad, con todas sus ofertas, amortizó hasta no sabemos cuándo, el recuerdo del suceso golpista, con prólogos y colofones que, a gusto del consumidor, serán fabulación o realidad y, desde luego, tristes y reprobables; pero, en ningún caso, con peso suficiente para eclipsar una época inolvidable de brillantes y humanos protagonistas.