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La primera gran crisis – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

La Iglesia nunca ha sido una balsa de aceite. Afortunadamente. Prefiero vivir en una comunidad donde alguna tarde surge un desencuentro irreconciliable con tal de que podamos ser tantos y tan distintos. Todos los esfuerzos por uniformar a las personas han fracasado en la Historia de la Humanidad. Y no diremos nada de quienes pretendían matar el genio individual, eso que nos hace únicos a los ojos de los demás. Lo cierto es que problemas no nos han faltado. La comunidad de los creyentes ha vivido mejores y peores épocas pero, olvidando las noches más oscuras que perpetran hasta las mejores familias, me atrevo a decir que hemos salido airosos porque aprendimos a bucear en nuestras historias hasta abrazar lo que verdaderamente somos, lo que nos hace cristianos.

La primera prueba de fuego que tuvimos que pasar la dibuja hoy el texto de los Hechos de los Apóstoles que se lee en los templos. Es la crónica de la primera crisis documentada de la Iglesia recién nacida: los cristianos griegos se quejan porque los cristianos judíos no tienen en cuenta a sus viudas en el reparto de los suministros diarios. Ni era un tema menor ni resultó gracioso a nadie. En su solución se jugaba el sentido mismo de la Iglesia: si Dios ya no hace distinciones entre judíos y paganos, entonces todos somos iguales, todos merecemos lo mismo. Ya no existen los de dentro y los de fuera, sino que hay cobijo para todos en las acogedoras manos de Cristo recién amanecido.

Esperando una respuesta, la comunidad contenía la respiración. Los apóstoles eligieron entonces a siete hermanos para que se encargaran del importantísimo servicio de cuidar a los más necesitados. Siete diáconos que tomaron las riendas de la primera Cáritas de la Historia. Por su parte, los apóstoles se concentraron en la oración y en el anuncio de Jesucristo. Así se superó el primer gran escollo en la vida de la Iglesia: sumergiéndose en los recuerdos que guardaban de su Señor y mirando al frente, en lugar de encallarse en la crítica o la discusión. Jesús les había grabado a fuego la importancia de sanar a los caídos de la Tierra, y tal verdad merecía poner en marcha una nueva forma de hacer las cosas. Al mismo tiempo, la comunidad aprendió que no había nada más grande que encontrarse con Dios en el silencio de cada día, para proponer luego sin descanso su proyecto al mundo entero.

Los orígenes, las palabras de Jesús, los gestos del maestro. En la presencia viva de Dios en medio de su pueblo, la primitiva Iglesia encontró la clave para seguir caminando. Sin miedo, con imaginación, aprovechando las capacidades de aquellos hombres «buenos y sabios», desoyendo las voces de quienes no querían avanzar, insistiendo en lo único importante. Así nos toca ser. Serenamente arriesgados. Dando pasos en la misma dirección que Jesús. Volviendo al escondido centro de nuestra fe cada vez que sea preciso.

@karmelojph