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Resultados – Por Jorge Bethencourt

   

El pueblo ha hablado. Y le ha costado ciento veinte millones de euros. Es lo que tiene la democracia, que cuando el pueblo se pone a hablar le cuesta la clara de uno y la yema del otro. Pero hoy ya podemos decir que hay más de setecientos cincuenta europeos y de ellos 54 españoles, que han encontrado un buen trabajo: ocho mil euros de nómina, cuatro mil para gastos y veinte mil para el personal de oficina, que hacen más de treinta mil euros mensuales. No está mal. El pueblo ha hablado y le ha salido una voz como de resaca. Un susurro que le ha costado en España siete diputados al PP y nueve al PSOE. Porque los socialistas españoles son tan originales que quieren demostrar que no sólo son capaces de perder el gobierno desde el gobierno, sino también desde la oposición. Misterios de la socialdemocracia española a la que le han crecido los champiñones con Izquierda Unidad (Plural) y los partidos de los tertulianos, como la sorpresa de Podemos, con Pablo Iglesias (vaya ironía esto de los nombres) y Ciudadanos con Javier Nart. Dos rostros populares de la TV que han crecido hasta hacerle sombra a la desabrida sonrisa de Rosa Díez y UPyD. De todo el galimatías de interpretaciones de estas elecciones (con su secuela de dimisiones) les recomiendo que se queden con dos cosas: el éxito de la ultraderecha en Europa y el triunfo de los independentistas en Cataluña. La crisis económica, la falta de empleo y las altas tasas de inmigración, han creado por toda la UE un sentimiento de cabreo y xenofobia laboral que han servido de combustible a partidos de la ultra derecha. Los euroburócratas han abandonado el trabajo de explicar a los ciudadanos qué es la Unión Europea y para qué sirve. Del sueño de los Estados Unidos de Europa hemos pasado a la fractura de los estados miembros. Europa vive ensimismada en su burocracia mientras los eurófobos crecen, alimentados por una crisis que fomenta la demagogia y los extremismos. España tiene problemas mucho mayores que el constipado del bipartidismo. Vivimos una crisis del modelo de Estado y el mayor de los descréditos de las instituciones. La democracia tiene aluminosis y mientras los grandes partidos se lamen las heridas el pulso soberanista sigue adelante. Agárrense, que vienen curvas.