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Sin sorpresa – Por Leopoldo Fernández

   

Ha pasado lo que tenía que pasar; lo contrario sí que habría constituido una sorpresa. Nadie bien informado pensaba que el Ministerio de Medio Ambiente iba a aplazar su visto bueno para la realización, desde un buque, de los anunciados tres sondeos exploratorios en busca de petróleo a 60 kilómetros de las costas canarias. Y lo mismo cabe esperar, en unos días, del Ministerio de Industria con la pendiente autorización final. Repsol y sus socios han recibido la respuesta prevista porque, sin causa justificada que lo avale, no se puede paralizar un expediente sometido a información pública y evaluación de impacto ambiental. Es obvio que en Canarias se ha dado un no rotundo al petróleo por parte de Gobierno y Parlamento, algunos cabildos y ayuntamientos, varios organismos y organizaciones e incluso desde la calle. Pero no ha ocurrido lo mismo en otras instancias, sobre todo de carácter económico. En todo caso, ha sido un no visceral, más corajudo que reflexivo, porque en este asunto ha habido -por parte de todos, aquí como en Madrid- falta de diálogo y buena voluntad, excesos verbales, manipulación, demagogia y ausencia de un debate riguroso. Hasta se ha puesto el carro delante de los bueyes al hablar de peligros potenciales aunque remotos del petróleo e ignorar sus ventajas para las islas y para España, de confirmarse su presencia en nuestras aguas. Por eso es puro dislate culpar al Gobierno central y acusarlo con palabras de grueso calibre. Ha hecho lo que tenía que hacer, aunque resulte impopular y desgaste su imagen. Ningún país deja de extraer las riquezas existentes en tierra o en sus fondos marinos; lo que procura es aplicar la legislación y adoptar medidas inflexibles para evitar eventuales problemas medioambientales. Y lo lleva a cabo en la fase exploratoria como en la extractiva, en este último caso con mayor severidad porque se requiere un nuevo expediente y otro periodo de información pública antes de otorgar el correspondiente permiso. Resulta extravagante negarse a unos simples sondeos, con riesgos prácticamente nulos, cuando el vecino Marruecos hace lo propio diez kilómetros más allá e incluso anuncia que extraerá el petróleo, si existe y es comercialmente rentable, con unas normas legales poco exigentes en comparación con las europeas. Lo lógico y racional es que en estos asuntos primen el interés nacional, los criterios científicos y técnicos, la transparencia y las medidas correctoras, de vigilancia, seguimiento y control para asegurar que los trabajos no afecten a zonas sensibles como las de Red Natura 2.000 ni a los espacios propuestos como lugares de interés comunitario marino. Claro que el turismo es compatible con el petróleo. Por negarlo ha nacido el problema.