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Sindicatos sin credibilidad ni poder de convocatoria – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Lo digo con toda la pena del mundo. Pero faltaría a la verdad si no dejara constancia expresa de una evidencia real como la vida misma; los sindicatos van de capa caída y siguen perdiendo credibilidad, sentido de la unidad y poder de convocatoria. Como los partidos políticos. Como las instituciones, empezando por la Corona. Como los periodistas, que también estamos necesitados no de un lifting, sino de una cirugía rigurosa y profunda después de haber caído, durante años, en cierto ombliguismo ridículo. Las encuestas lo dejan bien claro. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha situado a las organizaciones sindicales en el duodécimo lugar entre las 16 instituciones “mejor valoradas”, con una nota de 2,45 puntos sobre 10. Un 37,3% de los españoles interrogados por el mismo CIS dijeron en 2013 que habían dejado la afiliación a un sindicato porque “no defendía sus intereses” o “no servía para nada”.

Las manifestaciones y concentraciones de los diferentes sindicatos, pero sobre todo las patrocinadas por los mayoritarios CC.OO. y UGT el Primero de Mayo, han sido, con diferencia, las menos importantes de los últimos años. Tanto por el número de asistentes como por la falta de originalidad de los mensajes y las propuestas que sus dirigentes trasladaron a la ciudadanía. El caso concreto de Canarias resulta especialmente lamentable. No sé si ese helicóptero con videocámara que ha puesto en marcha la Delegación del Gobierno a modo de ojo que todo lo ve, recogió fielmente la asistencia a los distintos actos sindicales, pero si en verdad no pasaron de 2.500 los manifestantes de todas las islas, es como para echarse a llorar.

Afiliación y mala imagen
En cualquier caso, la capacidad de movilización sindical en España resulta ridícula, teniendo en cuenta las circunstancias económicas y sociales que atraviesa el país y las razones reivindicativas que, por la profundidad de la crisis y la pérdida de derechos sociales, pueden esgrimirse legítimamente desde los movimientos obreros, con mayor o menos radicalidad, empezando por la demanda de empleo. Claro que la afiliación sindical en nuestro país produce tristeza: no llega al 16% de la masa laboral activa, porcentaje muy parecido al de hace una década, según el Instituto de Estudios Económicos sobre la base de datos facilitados por la OCDE. Tan sólo Francia, Polonia y Estonia presentan cifras inferiores a la española, mientras que, por el contrario, los países nórdicos son los más concienciados sindicalmente: el 88% de afiliación en Islandia, el 70% en Finlandia y el 69% en Suecia y Dinamarca.

Si, como digo, en unas circunstancias extremas de falta de trabajo y desempleo galopante los sindicatos no son ni siquiera capaces de reunir a sus propios afiliados y liberados para apoyar unas políticas económicas que propicien la creación de empleo, preferentemente de calidad, es decir, con contratos indefinidos -no a base de contratos temporales, como se viene haciendo en el 90% de los casos-, ¿qué se puede esperar del sindicalismo y del relevante papel que debe desempeñar en la sociedad, no sólo porque lo dice la Constitución, sino porque no existe -pese a todas sus carencias y fallos- ningún sistema mejor para la defensa de los intereses económicos y sociales de los trabajadores?

La decadencia sindical, que se viene acentuando durante los últimos años, quizás tenga mucho que ver con la falta de tradición de afiliación en España, pero también -salvo en el caso singular de los funcionarios públicos- con la práctica exclusividad representativa otorgada a las dos grandes centrales de trabajadores, así como a la progresiva pérdida de imagen de CC.OO. y UGT, incapaces de la menor autocrítica y de aclarar convenientemente una larga lista de denuncias en el manejo de fondos públicos para ERES y formación, sobre todo en Andalucía y Madrid, por no hablar de recepción de regalos impropios, comidas pantagruélicas, viajes a todo lujo y demasiados abusos de algunos dirigentes.

Fallos más graves
Otras razones que afectan a la credibilidad de los dos grandes sindicatos devienen de las prebendas que reciben en su tratos con los gobiernos de turno, el excesivo número de liberados con su puesto de trabajo blindado (más de 50.000 según estimaciones oficiales, con un costo de unos 1.600 millones de euros anuales), la escasa renovación de sus estructuras y la larga permanencia al frente de las mismas de Toxo y Méndez, la falta de dinamismo al haberse quedado anclados en un tiempo ya superado por la globalización y la especialización, la politización de los cuadros dirigentes, la defensa de los que tienen empleo frente a los desempleados, el favoritismo -lo mismo cabe decir de la gran patronal- que reciben con los cursos de formación para parados no siempre llevados a cabo con la necesaria limpieza, la escasa ejemplaridad a la hora de organizarse burocráticamente y, pese a criticar la legislación laboral, utilizarla en provecho propio y en perjuicio claro de los trabajadores, para llevar a cabo despidos y regulaciones de empleo…

Si la sociedad percibe estos fallos, lo normal es que los trabajadores den la espalda a unas organizaciones sindicales que hoy por hoy no cumplen con suficiencia el destacado papel que les reservan las leyes en el nuevo y complejo mundo de las relaciones laborales y en la defensa efectiva de los intereses de los trabajadores. Esto ha dado pie al nacimiento de algunos sindicatos sectoriales marcadamente independientes, que, en una línea de modernidad y cierto europeísmo, asumen mejor su papel en una sociedad dinámica y cambiante. La mayoría de estos sindicatos entienden que las medidas de austeridad, recorte y contención del déficit público vienen impuestas por la Europa comunitaria y no son capricho de ningún gobierno, lo encabecen Rajoy o Zapatero, a quien por cierto le tocó implantar las primeras medidas impopulares por orden de Bruselas.

Si esta elemental consideración no la asumen los dos grandes sindicatos, que prefieren las posiciones ideológicas imposibles de cumplir, siempre a base de mayor déficit, no resulta extraño que la sociedad desconfíe de sus políticas justamente en unos momentos en que su concurso social debería ser más necesario. Pero no todo son componendas, privilegios o desconfianza. Existe en algunos ambientes una permanente campaña antisindical que busca desacreditar la importancia de una bien entendida política de pesos y contrapesos a la hora de abordar la concertación, el diálogo social, la negociación colectiva o cualquiera de las múltiples formas que aparecen en el mundo de las relaciones laborales. Lo que sí parece fuera de duda es la conveniencia de debatir y reconsiderar, para evitar que su tarea se haga mortecina, el papel de los sindicatos en una sociedad moderna y en permanente evolución, dada la importancia que tienen como cauces de participación esencial en un Estado de Derecho. Y porque ha cambiado la organización del trabajo, se han multiplicado los procesos productivos y las especializaciones, han surgido nuevas formas de empleo atípicas, se ha extendido la economía del conocimiento, ha llegado internet y el trabajo en red, se han suprimido algunos niveles jerárquicos, han nacido nuevas estructuras de habilidades, etc.

Con estas premisas, algunas prácticas sindicales han quedado anticuadas o desfasadas, desconectadas de la realidad actual de la empresa, de ahí la necesidad de una actualización rigurosa que acabe con las actuales insuficiencias internas y externas de los sindicatos, que incluye la mejora de los servicios prestados a los afiliados, posibles fusiones, la mejora de la conciliación laboral y familiar, la autosuficiencia financiera, la mejor prestación de asesoramiento, la plena transparencia de cuentas y gestión, etc. Si en su tiempo fueron modelos de contribución al asentamiento de la democracia en España, con la firma de grandes acuerdos con Gobierno y patronal -como los Pactos de la Moncloa-, y han contribuido al mantenimiento de la necesaria paz social pese a la convocatoria de seis huelgas generales y de algunos protagonismos políticos indebidos, los sindicatos deben recuperar su mejor tradición, reactualizarse y mejorar sus viejas estructuras. Sólo así mejorará su imprescindible lucha por la justicia social y en defensa de los intereses de los trabajadores, que es como hacerlo también por la sociedad toda.