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Tiziano Vecellio – Por Luis Ortega

   

A través de veintiocho obras firmadas entre 1550 y 1700 por Miguel Angel, Tiziano, Cornelis van Haaarlem, Rubens, Ribera, Salvatore Rossa y Langhetti, entre otros, los Amigos del Prado organizaron una muestra titulada Las Furias, referida a las dificultades, sufrimientos y torturas de personajes mitológicos, eternamente castigados por haber osado desafiar a los dioses. En España se concretaron en cuatro famosos héroes sometidos a penas irredentas: el hambriento Tántalo, sin posibilidad de encontrar alimentos en ninguna parte; Ixión, que daba vueltas sin fin a una rueda de la que nunca podría librarse; Sísifo, cargado para siempre con una inmensa piedra y Ticio, con un buitre asido a su vientre que devoraba sin pausa su hígado. Según el comisario Miguel Falomir, este patético asunto llegó a la historia de la plástica por la iniciativa de María de Hungría, la enérgica gobernadora de los Países Bajos que, en 1548, encargó al más famoso pintor del periodo Tiziano Vecellio (1485-1576), grandes telas con los dramas de estos valientes vencidos para su palacio de Binche, en las afueras de Bruselas. En clave política, se trataba de una metáfora – y “una advertencia a traidores” – tras la rotunda victoria que, sobre los sublevados príncipes alemanes, obtuvo en año antes en Mühlberg, el emperador Carlos V, primero de su nombre en España y hermano suyo. Durante una larga centuria tuvieron una gran popularidad, tanto por las dificultades técnicas -grandes desnudos de rotunda anatomía en escorzos forzados y en ambientes escabrosos y entornos convulsos- como por su mensaje simbólico: una terrible amenaza para las tentaciones de los últimos feudales y sus aspiraciones territoriales, frente a los poderes de las monarquías absolutas; además, como en los casos de los martirios explícitos y exagerados, se trataba de una oposición al bucolismo y a las estampas gratas y amatorias que el manierismo llevo a sus últimas consecuencias en la segunda mitad del Quinquecento. El Siglo de las Luces, la llegada de la razón al arte, cerró el efectismo morboso de cóleras y martirios. La exposición fue patrocinada por la Fundación de Amigos del Museo del Prado, una institución eficaz impulsada por el historiador Enrique Lafuente Ferrari en 1980, que abrió las etapas de mecenazgo en España y que, además de aportaciones artísticas y materiales, mantiene un excelente programa de actividades didácticas y divulgativas de la primera pinacoteca española, que le valieron el Premio Nacional de Bellas Artes.