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Toribio de Liébana – Por Luis Ortega

   

En una primavera montañesa mis anfitriones me llevaron a un valle a la sombra de los Picos de Europa para cumplir un jubileo aprobado por Roma; concreto: para orar ante el mayor Lignum Crucis del mundo, que se custodia en Liébana y que tiene su fiesta mayor el 3 de mayo. Allí conocí a un ingeniero, libre de obligaciones, y a una filóloga que, captada por las letras y artes medievales, dejó la docencia; sin apremios económicos, abrieron casa y taller en una aldea cántabra para recrear maravillas. Compartí actos, paseos y comidas con la pareja y, cada uno a su modo, me justificaron su pasión por el Beato de Liébana, los comentarios al Apocalipsis de San Juan, escritos por un monje milenarista y donado por los reyes Alfonso I y Sancha al cenobio de San Martín de Turieno. Me contaron sus tumbos por bibliotecas en pos de documentación para el proyecto y las delicadas tareas de escanear textos, formas, gamas e ilustraciones “que avanzaban momentos estelares de la plástica mundial, incluidas las vanguardias”. (Umberto Eco lo calificó como “el mayor logro iconográfico de la historia de la humanidad). Contemplé una prueba, valoré la fusión del ordenador y las artesanías de barnizado y encuadernación y les hice un encargo que, ya en la isla, recibí a precio de amigo y con unas láminas impresas con laser sobre papel de tina. Ahora lo hojeo, junto a un programa que recuerda el medio milenio de la confirmación jubilar firmada por León X en 1513 -lo fundó su antecesor Julio II, el papa guerrero que encargó a Miguel Angel los frescos de la Capilla Sixtina- y, además, en 1967, Pablo VI amplió la indulgencia plenaria a todos los años en los que el 16 de abril cayera en domingo. El fragmento del madero, incrustado en una cruz de oro y filigrana, sostenida por un gran rubí, llegó al monasterio hacia el año 700, junto con los restos del Obispo de Astorga, un personaje del siglo IV que lo transportó desde Tierra Santa. Dispone de capilla propia, aneja al lado del Evangelio y recibe muestras de fervor de feligreses del norte español que, asimismo, acrecentaron la fama del misterioso mitrado que rebautizó la iglesia y el monasterio como Santo Toribio de Liébana, cuya biografía, con matices legendarios, permanece también en una atractiva nebulosa. Pero como el fabuloso manuscrito, una de las joyas de la Biblioteca Nacional, su vida y sus hechos son relatos para otras ocasiones; ahora toca hablar de los quinientos años de un jubileo de los seis de rango perpetuo que existen en el orbe católico, Jerusalem, Roma, Santiago de Compostela, Caravaca de la Cruz, Urda de Toledo y el mentado en esta columna.