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Vísperas españolas – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

La crispación y el enfrentamiento incesante que presiden la vida política española se manifiestan continuamente en todos los escenarios y con relación a todos los temas. El menor motivo dispara las hostilidades y profundiza las trincheras entre populares y socialistas, con sus respectivos aliados judiciales y mediáticos al lado. Y hasta con víctimas del terrorismo de uno y otro signo que se insultan, se vetan y luchan encarnizadamente entre sí. Por si fuera poco, proliferan más de lo conveniente las tertulias, las columnas de opinión y otras expresiones mediáticas monocordes, o sea, absolutamente previsibles: pase lo que pase, ya se sabe que lo aprovecharán para denigrar o calumniar al bando contrario y para enaltecer al propio, aunque eso signifique tener que falsear los hechos o retorcer los argumentos. A mayor abundamiento, al haberse roto el consenso sobre las grandes cuestiones de Estado, estas cuestiones son la causa principal de lamentables desencuentros, que ponen en cuestión las mismas bases de la existencia de España y la pervivencia de la democracia española.

Las elecciones al Parlamento Europeo han sido siempre entre nosotros unas elecciones de perfil bajo y con una abstención muy elevada. Por desgracia, los ciudadanos no terminan de entender su indudable trascendencia para nuestro futuro y el papel fundamental de las instituciones europeas en nuestra vida colectiva, que, además, cada vez será mayor. En consecuencia, eran de esperar unas vísperas electorales y una campaña acordes con ese perfil bajo y sin grandes sobresaltos. Sin embargo, no ha sido así. Estamos en España y, como decimos, la crispación y el enfrentamiento por el enfrentamiento presiden nuestra dinámica partidista. Cualquier ocasión parece buena para declarar la guerra y lanzarse a la batalla.

El penúltimo ejemplo se ha producido durante la reciente sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. La portavoz socialista, Soraya Rodríguez, acusó a su tocaya, la vicepresidenta del Gobierno, de haber cobrado cerca de 600.000 euros en sobresueldos de su partido cuando era diputada y portavoz popular en el Congreso durante la pasada legislatura. También acusó de lo mismo al cabeza de lista popular en las próximas elecciones europeas, Miguel Arias Cañete, en este caso por una cantidad de 300.000 euros.

Soraya Rodríguez no tiene la menor prueba de lo que afirma, mientras que sí está probado que ella ha estado cobrando -legalmente- dos sueldos públicos, como portavoz socialista en el Congreso y como ex secretaria de Estado de Cooperación. Porque durante el Gobierno de Rodríguez Zapatero los ex altos cargos recibían un sueldo de cesantía durante dos años, sueldo que el actual Gobierno ha eliminado. Las acusaciones de Soraya Rodríguez tendrán una base cierta o no, y los políticos populares a los que acusa serán culpables o no, pero en este momento sus acusaciones son simples afirmaciones gratuitas.
Pues bien, según era de esperar, los medios y los comunicadores habituales, tan carentes de pruebas como la portavoz socialista, se han posicionado inmediatamente sobre el asunto en correspondencia con sus particulares adscripciones y fidelidades partidistas. Y fieles a la intolerable trivialización con la que tratan cualquier noticia política española, el gran asunto que han destacado, la estrella del debate, no han sido las acusaciones en sí, sino el lenguaje coloquial utilizado por la vicepresidenta para negar las acusaciones.

El análisis de nuestro comportamiento electoral en la actual etapa democrática demuestra que en España, desde la transición, los cambios electorales significativos han sido siempre el producto de una grave crisis política y de una situación de anormalidad social. Es decir, los relevos gubernamentales han sido vuelcos originados, no por los méritos de la oposición, sino por el hundimiento del partido en el poder. En toda esta etapa nunca ha tenido lugar un cambio de Gobierno en un ambiente pacífico de tranquilidad ciudadana y comparación de programas. Debemos reconocer entonces que los electores españoles pertenecemos a un pueblo sin tradición democrática alguna, muy influenciable por estímulos externos e inmediatos, y que vota por la continuidad y el poder hasta que el propio poder se autoelimina.

Debido a su ámbito, a su mencionado bajo perfil y a su previsible elevada abstención, las anteriores consideraciones no son aplicables a las elecciones al Parlamento Europeo. Los dos partidos importantes de implantación nacional van a depender mucho de sus fieles de siempre y de sus suelos electorales. Y está por ver la cuenta que los recortes, el tratamiento macroeconómico de la crisis y la consiguiente fractura de la clase media, su principal fuente de votos, le van a pasar al Partido Popular. Lo que sí parece que tenemos asegurado los ciudadanos de este país son unas vísperas electorales y una campaña de crispación y de enfrentamiento por el enfrentamiento.

Unas vísperas electorales españolas, en las que lo que menos importa son los programas y las propuestas; y en las que, felizmente, suele estar ausente -solo suele- la violencia y el enfrentamiento físico. Unas vísperas españolas y no unas vísperas sicilianas, por fortuna.